41. UN MONSTRUO VIENE A VERME

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            Estimado Juan Antonio:

            Quiero contarte un cuento.

            Erase una vez, en una gran ciudad anónima como tantas otras, un niño anónimo como tantos otros, que creció en un hogar anónimo como tantos otros. Este niño tenía una hermana pequeña a la que adoraba, era su muñequita. La mecía cuando lloraba, le daba de comer cuando tenía hambre y le cantaba preciosas canciones para enviarla a los dominios paradisíacos de Morfeo. Su madre, una buena mujer a la que la suerte sonrió con el alumbramiento de estos pequeños, no supo o no quiso ver lo que se le venía encima. Su padre, hombre rudo y buen trabajador, que no tuvo oportunidades en la vida para salir de la ignorancia, hacía lo que podía para mantener a su familia. Todo fue bien durante un tiempo: parecía una familia feliz, pero no como el niño hubiera querido, les faltaba la mayoría de las veces el cariño y el calor de su padre, pero su madre lo suplía con creces, nada es perfecto. El chico notaba que a su manera, su padre les quería, pero de un modo tan sutil que ni se apreciaba.

            Y así vivían el día a día. La madre les levantaba para ir al cole, despertándoles con un cacao delicioso y tostadas fritas para desayunar. Su padre ya no estaba, llevaba ya dos horas trabajando en la fábrica, y no llegaba hasta las ocho de la tarde. Hacía muchas horas para poder pagar hipoteca, ropa, comida…, así que prácticamente no le veían de lunes a viernes. Tampoco les preocupaba, se acostumbraron a su ausencia, pero la madre sí le echaba de menos. El padre era de esas personas a los que enseñaron que el hombre era el que trabajaba y los hijos eran cosa de mujeres, por lo que ni los fines de semana disfrutaban de él, prefería pasar el tiempo sin la molestia de los niños. El niño imaginaba que todas las familias eran parecidas, hasta que la llegada de aquel extraño ser le hizo cambiar la perspectiva.

            Una mañana se levantaron como cualquier día, bueno no, como cualquier día no. Su madre estaba cabizbaja, preparándoles el desayuno sin ánimo, como un alma en pena. Se fijaron en que tenía marcas en la cara, como si se hubiera golpeado repetidas veces con algo. No le preguntaron, y su hermana supongo que no se dio cuenta, todavía era pequeña para fijarse en esos detalles. Pero el niño se quedó con la copla. Esa noche se acostaron y el muchacho se  puso a leer un tebeo en la cama para no dormirse. De repente escuchó la puerta y notó que alguien o algo entró en casa, pero no era su padre. Era un ser que gruñía y chillaba estridentemente, se tapó los oídos, pero era inútil. Oía fuertes golpes en las paredes. La madre se acercó a su habitación y cerró la puerta sigilosamente, imaginando que los niños estaban dormidos, pero no era así. El niño se levantó y acercó la oreja a la pared para escuchar lo que ocurría en la habitación de sus padres. Sólo oía rugidos y golpes, cómo si algo estuviera atacando a su madre. Saltó a la cama corriendo, y se tapó con la manta, aterrorizado, esperando que todo se apaciguara, y al cabo de unos minutos, todo estaba en silencio. Su hermana entonces se despertó en la cama de al lado y preguntó qué había ocurrido. Él la tranquilizó y volvió a dormirse. Le costó coger el sueño, pero al fin pudo conciliarlo.

            Una mañana, su madre apareció con la cara hinchada y los ojos morados, llorando desconsoladamente. Ante las preguntas de sus hijos no tuvo más remedio que contarles lo sucedido: les relató que de vez en cuando, un monstruo aparecía cuando su papá no estaba, sobre todo por las noches, y la atacaba de una manera feroz. Pero que no se preocuparan porque era muy de vez en cuando y ella sabía cómo manejarlo, y que ellos estarían a salvo, que no les haría daño.

            Así quedó la cosa. De vez en cuando ese monstruo venía por las noches pero los niños no lo veían nunca, su madre se cuidaba de que así fuera. El chico no entendía por qué solo aparecía cuando el padre estaba ausente, y por qué él no se encontraba allí para defender a su madre.

            Pasó el tiempo y todo seguía igual, pero un día en que el chaval llegó a casa después del colegio, estaba exultante por las buenas notas que había sacado, y deseaba llegar para compartir la buena noticia con su familia. Cuando abrió la puerta y entró, lo que vio le dejó aturdido, paralizado, aterrorizado. Vio por primera vez al monstruo. Era enorme, con garras gigantescas y afiladas, una cola enorme llena de escamas, y una cara verde espeluznante, con los ojos saltones y rojos, nariz picuda y rugosa, boca enorme y dientes afilados, saliendo de su cabeza dos enormes cuernos que parecían sacados de una película demoníaca. Era el diablo en persona. Tenía agarrada por el cuello a su madre, a punto de tirarla terraza abajo, gruñendo y gritando cosas espantosas. Su hermana se encontraba agazapada en un rincón con el rostro lleno de lágrimas. Entonces, el chico, no sabiendo de dónde sacó el valor, se abalanzó sobre él. El monstruo le propinó un manotazo que aún ahora le sigue doliendo, y le envió volando al otro lado del salón. Se levantó consciente de que la vida de su madre dependía de lo que él hiciera en ese momento y volvió a la carga. No sin mucho esfuerzo, logró que la soltara y se refugiaron los tres en el baño, perseguidos por aquel ser infernal. Echaron el pestillo y aquel monstruo aporreaba la puerta insistentemente, rugiendo y bramando, hasta que calló. Al poco rato, cuando parecía que estaba todo en calma, salieron sigilosamente y se cercioraron de que aquel ente había desaparecido.

            La aparición del monstruo era cada vez más habitual, hasta el punto de pensar que había hecho desaparecer a su padre, ya no aparecía por casa, y ese esperpento comenzó a atacarles también a su hermana y a él. Entre los tres lo tenían más o menos controlado, pero la situación llegó al límite de plantearse marcharse de aquella maldita casa y huir lo más lejos posible de aquel engendro, pero algo ocurrió. Una estupenda mañana de sábado, al levantarse el chico, se dirigió a la terraza para ver el panorama y al echar la vista abajo, a la calle, vislumbró al monstruo tendido en la acera en un charco de sangre. No cabía en sí de gozo, aquel bicho asqueroso había desaparecido de sus vidas, y esperaba que su padre apareciera de repente, pero no lo hizo.

            Con el tiempo, las aguas volvieron a su cauce, y rehicieron sus vidas. Aquel monstruo no apareció más, había muerto para siempre también en sus corazones, o al menos, eso parecía.

            Cuando el niño llegó a la edad adulta, se casó y tuvo dos hijos maravillosos con su adorable esposa. Su familia era lo más importante para él, y trató de cuidarla y protegerla, pero la amenaza se cernía sobre sus cabezas. Una mañana muy temprano, se levantó y se dirigió al baño a asearse antes de ir a trabajar. Miró de refilón al espejo y se dispuso a afeitarse. Le pareció ver algo, una cara extraña. No era él, parecía otra persona con las facciones muy marcadas. Parpadeó varias veces y se refrescó la cara con agua. Volvió a observar el espejo y todo era normal. Lo achacó al sueño que tenía, era muy temprano, así que se tomó un café y marchó a comenzar su jornada laboral.

            Pasaron los días, sin ningún percance, pero una tarde, salió temprano del trabajo y llegó a casa. Los niños estaban todavía en el colegio, y su mujer en su trabajo, por lo que estaba solo. Se preparó un café y se dirigió a su alcoba para quitarse el traje y ponerse cómodo. Al abrir la puerta del armario, observó que en el espejo de éste no estaba su imagen reflejada. Soltó la taza y ésta cayó al suelo partiéndose en mil pedazos. Quedó unos minutos paralizado ante aquella visión horripilante. El monstruo había regresado para convertir su vida en un infierno. Allí estaba, con su larga cola escamosa, sus increíbles músculos y su horrenda faz que hacía estremecer al más valiente. Sonreía maléficamente mostrando sus dientes afilados y su lengua viperina, observándole con sus ojos saltones inyectados en sangre. Aquel ser del pasado regresó para quedarse. El hombre cerró la puerta del armario y se acurrucó en una esquina de la habitación temblando y llorando, sin saber qué hacer. Llegó su mujer, y le encontró en ese estado agónico que no es deseable para nadie. La apartó de sí, no quería que aquel engendro le pudiera hacer daño. Le calmó, siempre le calmaba, su esposa tenía un don. Le convenció para que abrieran la puerta del armario para comprobar que ese ser asqueroso no estaba, que era producto de su imaginación, y así fue, había desaparecido.

            Pero él lo veía todos los días, le perseguía insistentemente para volverle loco, él lo sabía. Le imploraba que no hiciera daño a su familia, como lo hizo antaño, y el monstruo reía al otro lado del espejo. Llegó a volverse paranoico, no sabía qué hacer. Se apartó de su familia, creía que si se separaba de su mujer e hijos, aquel ente no tendría poder para hacerles daño. Se sumió en la depresión y a punto estuvo de hacer una tontería y dejarlo todo drásticamente, como lo hizo su padre, ahora lo comprendía.

            Cuando estaba en el fondo del abismo, una luz se iluminó: le llegó la noticia de que un brujo africano que hacía que los malos espíritus desaparecieran llegaba a la ciudad. La desesperación hizo que fuera a verle. Aquel brujo le aseguró que conseguirían que aquel monstruo se marchara para siempre de su vida. Convocó a varias personas en una sesión, cada uno con sus problemas y les garantizó que entre todos lograrían expulsar a los seres que les estaban atormentando. Les facilitó un extraño objeto que debían tocar para conseguirlo, un “djembe”, un tambor africano, y les enseñó a manejarlo.

            Entonces ocurrió el milagro: A medida que iban aprendiendo la melodía, aquel ser fue desapareciendo. Parecía que a cada golpe de tambor, el monstruo recibía una descarga eléctrica que le estremecía, hasta que no aguantó más y desapareció. Pero el brujo les explicó que estos espíritus malignos no se rinden, y en cualquier momento pueden volver a aparecer, así que tendrían que tener el instrumento a mano para poder luchar contra él. No se separó de él en ningún momento. Su vida volvió a ser normal, recuperó a su mujer y a sus hijos y, hasta el momento, llegó a ser feliz en la medida de lo posible. Y todo también gracias a ti, por ser un buen amigo y escucharle cuando estaba en el pozo de la desesperación. Tú le ayudaste a aprenderse la melodía, junto con los demás compañeros, y aguantaste sus paranoias. No sé cómo te pagará tu buen hacer y tu paciencia, supongo que siguiendo con vuestra amistad, que para él es muy importante.

            Gracias.

Horacio.

            Conocí a Horacio a través de Gabriel. Era un compañero de trabajo de mi amigo y me lo envió al despacho para hacerme una consulta sobre una herencia. Gabriel le aseguró que podía confiar plenamente en mí, y lo hizo de tal manera que pude ver en él la desesperación que le atenazaba, hasta el punto de acabar con su vida, y no sé por qué, pero entablamos una especie de conexión que acabó en una buena amistad. Gabriel sabía, no sé cómo, que Horacio cambiaría sus ideas enfermizas a raíz de mi consulta. Quiso arreglar todo respecto a sus bienes, y dejar en buena posición a su familia, esperando lo peor.

            Lo cierto es que no quería hablar con nadie más que no fuera conmigo, mi hermana me asesoraba sobre cómo debía tratar a personas como él, con ideas suicidas, y sesión tras sesión, pude ayudarle en la medida de lo posible. Más que reuniones jurídicas, parecían sesiones de psicoterapia. Le convencí para que viniera conmigo a clases de percusión. Yo asistía a estas clases en la Casa de la Cultura de la ciudad y eran apasionantes. Poco a poco le entró el gusanillo de la música y mejoró muchísimo. También le convencí para que asistiera al gabinete de mi hermana, y entre todos logramos que mejorara y saliera del pozo. Yo le apreciaba mucho, y formó parte de mi vida como un buen amigo. Intimamos también con su familia y resultó ser una experiencia maravillosa. Se curó del todo, o al menos eso parecía. Aguardábamos expectantes la repentina aparición de aquel monstruo siniestro que se le aparecía en el espejo: estaríamos preparados.

“Un monstruo viene a verme”: Película coproducción España-EE.UU., producida por Apaches Entertainment, Telecinco Cinema, Participant Media, River Road Entertainment y Películas La Trini.  



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