48. Retratos de una obsesión

 

            «4 margaritas + 3 mariposas = 7 margaposas»

            «3 armarios + 5 espejos = 8 armapejos»

            «2 lápices + 3 bolígrafos = 5 lapígrafos»

 

No sé si Diego tenía claro lo que estaba haciendo, ni siquiera creo que fuera consciente de la repercusión que podrían alcanzar sus acciones. La ignorancia es un factor determinante para cometer ciertos actos que podrían acarrear resultados nefastos e irreversibles para uno mismo y para los demás. A veces la obsesión se confunde con el amor, y la debilidad con la pasión. Esta es la historia de eso, de una pasión confundida, de un amor incierto.

 No sabía lo que le estaba ocurriendo. Su corazón se iba consumiendo, provocando que su bombeo incesante se hiciera cada vez más rápido, como un rabión a punto de desbordarse. Y lo sentía cada vez que estaba cerca de Ángela. Cuando ella llegó hace tres meses no pudo evitar el sentirse vivo de nuevo. La última fémina le dejó marcado y se prometió no volver a enamorarse, pero eso cambió con la nueva adquisición de la empresa. Tenía que enseñarle a empaquetar los pedidos, era el precio de su veteranía. Al principio estaba incómodo, una chica tan guapa le abrumaba, le hacía pequeño, pero órdenes son órdenes. Poco a poco, y al ir conociendo a Ángela, su sentimiento cambió. Su belleza, su dulzura, su espontaneidad, fueron calando progresivamente en él, hasta el punto de sentir lo que quería evitar: amor.

Sin darse cuenta, su floreciente sentimiento le impedía centrarse en su vida cotidiana. Su mente se vaciaba a medida que se iba llenando de su imagen, su tacto, su voz, su perfume con sabor azucarado. Era algo inherente a ella, a su paso producía en Diego esa sensación que se hacía cada vez más y más profunda. Y el problema es que Ángela parecía que le correspondía, así que subió al siguiente nivel.

«Sé que ella siente lo mismo por mí. Su mirada cómplice me dice que está deseando amarme»

Cada vez que pasaba a su lado la piropeaba con dulzura, casi al oído para que nadie supiera de su incipiente amor. Ella le respondía con un mohín de impaciencia, de ternura, de pasión. Diego buscaba la excusa para sentir el roce de su piel, exhalar su perfume, escuchar su respiración que se aceleraba cada vez que se acercaba. El resto de los compañeros no alcanzarían a comprender su relación, por lo que Diego lo mantendría en secreto de momento. Pero, ¿cómo lo disimularían? ¿Cómo esconder a los demás esa idolatría vehemente que se profesaban, ese sonrojo mutuo que se veía a veinte leguas de distancia, esa pasión agazapada que irradiaban sus cuerpos? No podían, los cuchicheos incesantes retumbaban en su cabeza, los chismorreos que se intuían de sus compañeros de trabajo era algo con lo que tenían que convivir día a día.

«No puedo remediarlo, mi amor por ella no puede ocultarse, no debe esconderse».

Se conocen demasiado bien, su compañero y mejor amigo con el que entró a trabajar hace ya quince años le advirtió una y otra vez que la empresa no vería con buenos ojos su relación con Ángela, que se jugaba su puesto, que se olvidara de ella, que le traería consecuencias.

«Me tiene envidia. Él estaba detrás de ella antes que yo, pero me quiere a mí, y no puede soportar que sea mía»

Un día le trajo flores, unas flores de otoño que le costó encontrar, pero todo por ella, hasta la misma China iría a por ellas si se lo pidiera. La chica se lo agradeció con un gesto amable en la sala del café, pero rápidamente guardó el ramo en su taquilla. Diego entendía que Ángela estuviera cohibida por el regalo, le dijo además que no tenía que haberlo hecho, que ese no era el momento.   

«No debí dárselo aquí en el trabajo, está avergonzada, normal, pero no puedo remediar el dejar fluir mis sentimientos. Insistiré con las flores, es algo que las mujeres desean».

Pensaba si no era una señal del destino, quizá Ángela necesitaba dejar fluir sus sentimientos en la intimidad, pero él siguió con el ritual, cada día le regalaba una rosa. Un día pensó en organizar una velada que nunca olvidaría. La invitó el viernes a cenar, y así quedaron, impacientes hasta que llegara el día. Durante la semana, Diego se acercaba disimuladamente a Ángela y daba rienda suelta a su imaginación mientras la tenía a su lado, con la correspondiente rosa roja.

El jueves Ángela se quedaría haciendo horas, se lo había pedido el jefe de sección. Cuando terminaron, Diego se marchó a su vestuario y Ángela se quedó tomando un tentempié en la sala del café que tenían los empleados, para continuar después con la jornada extra, acompañada en este caso del guarda jurado que se quedaría toda la noche en la caseta de entrada, charlando amigablemente. Cuando éste se marchó a su puesto, apareció Diego en la sala con una caja de bombones que sabía le gustaban a su «chica». Ésta se sorprendió y le agradeció el detalle. Tuvieron una breve charla cansina, ella no hablaba, pero Diego, recibiendo en su cabeza las señales equivocadas, se abalanzó hacia su amada henchido de pasión y notaba cómo Ángela ofrecía su cuerpo para ser amado, notó cómo le abrazaba invitándole a desfogarse mutuamente, y acabaron haciendo el amor en la mesa de la sala. Diego sabía que su amor estaba esperando ese momento. Cuando terminaron, sudorosos y extenuados, Ángela le apartó cariñosamente, con gestos de agotamiento. Se compusieron tras el ascenso al paraíso y se despidieron, debía volver al trabajo, y Diego, satisfecho, volvió a casa.

Al día siguiente, Ángela no acudió al trabajo. Llamó diciendo que estaba enferma y tardaría mínimo una semana en recuperarse. Una lástima, se tuvo que suspender lo de esa noche.

«Tan ilusionada que estaba con la cena, tiene que estar muy mal para no cogerme el teléfono, lo intentaré mañana»

Diego la llamó varias veces, pero su amor no le contestaba ni le devolvía las llamadas, y llegó un momento en que su teléfono no daba señal. Pensó en ir a visitarla después del trabajo, pero no creía que sus padres aprobaran su relación, un tío quince años mayor que ella no sería de su agrado, por lo que decidió esperar. Suponía que estaba lo suficiente enferma para no llamar a su querido novio. O a lo mejor confesó a sus padres su relación y por eso está cohibida en llamarle, pero él insistió en intentar comunicarse con ella por teléfono.

«Cuando se ponga bien y vuelva hablaremos y todo será como antes. Nuestro amor está por encima de todo».

Un día llamaron a Diego de la oficina de Recursos Humanos, y cuando llegó se encontró al jefe de departamento departiendo con dos hombres jóvenes, fornidos, vestidos de manera informal. Éstos se volvieron hacia él y le preguntaron si era Diego Ceballos. Éste, asombrado, les contestó afirmativamente; le comunicaron que estaba detenido y debía acompañarles a comisaría. Le pusieron las esposas y se dirigieron al coche patrulla que estaba aparcado en la entrada.

Ángela estaba muy contenta cuando la llamaron para trabajar en la empresa empaquetadora. Le aseguraron que con sus estudios de administración podría ascender fácilmente, pero debía empezar desde abajo, preparando paquetes y pedidos en el almacén. A sus veintitrés años había trabajado ya como camarera, como azafata de eventos, y éste era su primer trabajo serio, y como serio quiero decir fijo, ya que en esta compañía tenía un futuro muy prometedor. Se fijó en sus compañeros y compañeras del almacén. La acogieron muy afectuosos y enseguida se hizo con el trabajo. No era difícil, y gracias al bueno de Diego, rápido cogió el ritmo. Al principio, su veterano compañero parecía desganado al tener que enseñarla, pero poco a poco cogieron confianza, su acercamiento era cada vez mayor, pero sin pasarse. Ángela comenzó a notar comportamientos en él, por decirlo de alguna manera, un tanto rijosos. Pensaba que como era la nueva, quizá no conocía bien a Diego, así que trataría de ser amable con él para darle una oportunidad, nunca se cerraba a conocer a la gente.

Pero por más que lo intentaba, le inquietaba cada vez más que su libidinoso compañero se acercara a ella. Notaba cómo la miraba, cómo la olía, como se rozaba con ella haciéndose el encontradizo.

«No creo que se atreva a tocarme. Quizá es que es así, que se hace el gracioso, pero a mí no me hace ninguna gracia»

Cada vez fue de mal en peor, comenzó a tenerle miedo y no se atrevía a contradecirle. Veía en su mirada perturbada a ese tío que se echaba la siesta con ella cuando era pequeña, y comenzó a revivir el pasado que creía olvidado, retratos de la niñez que rompió y escondió, pero esas fotos estaban recomponiéndose con un pegamento instantáneo difícil de volver a hacer añicos. La presencia de Diego la inmovilizada, veía en su actitud a un ser asqueroso que le hacía tener náuseas con solo rozarla. Su perfume rancio de after shave barato le producía apneas involuntarias que parecían llevarla a la inconsciencia. Pero nada podía hacer. Su parálisis le obligaba a callar y enseñarle una mueca parecida a una sonrisa que Diego tomaba como complacencia y correspondencia.

No podía pedir ayuda, no tenía fuerzas. Diego comenzó a piropearla, mandarle notitas de amor y flores, muchas flores. La situación se le escapaba de las manos, tenía que hacer algo, pero no podía, su cuerpo y su mente no reaccionaban, tenía muy presente la imagen de su tío, que le enseñó a callar y estar quietecita mientras «dormían la siesta». Ángela se limitaba a sumar para sí como le enseñó su papá: flores con mariposas, lapiceros con bolígrafos, eso la transportaba a otros mundos, lejos de éste. ¿Por qué mamá tenía que trabajar tanto? ¿Por qué la dejaba con sus tíos? ¿Dónde estaba papá? Preguntas sin respuesta ante una situación que una niña de cinco años aprendió a interiorizar, a relativizar, a resignarse. Su relación con los chicos era nula, apartó de sí a la figura masculina y se juró que nunca estaría con un hombre, su sola presencia le producía un rechazo irremediable que ni los psicólogos pudieron solucionar. Pero había de todo, poco a poco aceptó el hecho de que debía relacionarse aunque fuera verbalmente, y poco a poco iba aceptando que no todos los hombres eran monstruos, pero le quedaba un largo recorrido. Hasta que llegó Diego, que le hizo volver al principio de los tiempos, a rememorar toda la pesadilla que creía olvidada, latente. Cada vez que se levantaba para ir a trabajar después de noches inquietas e insomnes, notaba la boca del estómago cerrada; no desayunaba y las pocas veces que lo hacía lo echaba por la taza del inodoro. El camino al trabajo era el corredor de la muerte, más de una vez le entraron ganas de activar la palanca de emergencia del autobús y salir corriendo, huir de esa situación que le estaba volviendo loca, que le estaba matando.

Los tres meses escasos que llevaba en la empresa se le hicieron años. Su compañero estaba acosándola y ella se limitaba a dejarse querer, a estar velada, paralizada, a allanarse ante la situación, ¿qué podía hacer?, nada, sucumbir ante la mirada enferma de Diego.

«Solo me queda una salida»

Ángela pensaba en despedirse, en marcharse de ese erebo mórbido en que se había convertido aquel nefasto lugar de hostigamiento. Pero no podía dejar en mal lugar a su profesora, que le facilitó ese trabajo. No podía defraudarla, había intercedido con el director de la compañía para darle una oportunidad. Necesitaba ayuda, pero era incapaz de reaccionar ante la adversidad que la estaba pudriendo por dentro, y nadie se daba cuenta, solo el compañero y amigo de Diego, que intentó hablar con él sin éxito al observar la sutil incomodidad que presentaba Ángela ante su presencia.

Diego se dirigía a ella como si tuvieran ya una relación, el «voy», «tengo», «debo» se convirtió en «vamos», «tenemos», «debemos», para todo. Estaba ciego y obsesionado. Peligroso, muy peligroso. Diego consolidaba su ego y la confirmación de la relación en su cabeza cada vez que Ángela le sonreía, muecas que lo parecían, pero que no eran reales, al menos ella no pretendía que lo aparentaran. Un día la invitó a cenar, más bien se lo impuso para el viernes siguiente. Ángela, al igual que el resto de las veces, se limitó a sonreír sin decir nada, lo que Diego tomó como un sí. Ángela no sabía qué hacer, no podía ir, debía solucinarlo. Esa semana se volvió más incisivo, las pocas veces que se encontraban solos intentó más de una vez robarle un beso, la abrazaba por la espalda y le decía cosas al oído. Se bloqueaba, el estremecimiento que notaba cada vez que Diego lo hacía estuvo a punto de hacerle perder el conocimiento, pero se quedaba rígida, inmóvil, pasiva de mente y cuerpo.

Llegó el día que marcó el antes y el después. Ángela logró que en esa jornada Diego estuviera más distante. Estaba atenta a sus movimientos, trató de evitarlo en la medida de lo posible. Lo consiguió. Ángela debía quedarse haciendo horas extras. Diego se marchó sin despedirse, un alivio. Tras una frugal merienda en la sala del café, acompañada del chico de seguridad, se disponía a comenzar el término de la jornada, solo un par de horas más y se marcharía a casa. El vigilante se despidió y Ángela se acercó a por una botella de agua. Cuando se volvió, observó a Diego en la puerta con un paquete en la mano, quieto, silencioso, insano.

«¡Dios mío, no!»

Ángela se paralizó de nuevo, dejó caer la botella que rodó hasta él. Diego cogió el agua, lento, sin dejar de mirar a la joven. Se acercó. La rodeó mirándola de arriba abajo, lascivo, baboso. Le dijo al oído palabras ininteligibles y le dio en mano la caja de bombones. Ella no contestaba, se limitaba a seguirle con sus ojos negros, sin moverse, aterrada, agarrotada. Entonces comenzó a besarla, la agarró y la tumbó en la mesa sin dejar de manosearla. Le quitó el pantalón arrastrando las bragas, él se bajó los suyos y la penetró sin compasión, con fuerza. La mente de Ángela marchó a los mundos de su niñez.

             «4 margaritas + 3 mariposas = 7 margaposas»

            «3 armarios + 5 espejos = 8 armapejos»

            «2 lápices + 3 bolígrafos = 5 lapígrafos»

 

La joven no veía, no miraba, no oía, no escuchaba, no sentía, solo se concentraba en sus operaciones matemáticas. Aprendió de tal manera a evadirse ante lo que le sucedía, que no era consciente de lo que le estaba ocurriendo, su cuerpo no le pertenecía. Parecía que su alma estaba sobrevolando la película de terror que estaba viviendo, como una mera espectadora de la violación. Cuando Diego terminó, Ángela volvió a la realidad y le retiró con cuidado, era lo primero que le pasó por la cabeza para apartarlo de sí. Se vistieron y se despidieron. Diego se marchó y, una vez sola, Ángela se sentó en el suelo, contra la pared, y comenzó a gritar de impotencia. Volvió al trabajo, como si nada, con la mirada perdida. Salió de la nave cuando terminó, se despidió del guarda de seguridad de la entrada y se marchó a casa.

Me llegó la designación por correo electrónico. Normalmente, la víctima de un delito no lleva abogado privado, es el Ministerio Fiscal el que actúa en nombre del Estado como acusación, es decir, el que acusa al imputado o investigado y solicita la pena correspondiente al delito cometido. En algunos casos, la víctima quiere solicitar, y puede, abogado de oficio para defender sus intereses, y en este caso actuaría como acusación particular. A las víctimas de violencia de género se lo conceden automáticamente, pero el resto debe solicitarlo en el juzgado en cualquier momento, y lo conceden si se dan los requisitos para ello. Así me llegó la designación para defender los intereses de Ángela Martín.

Diego fue condenado por un delito de abusos sexuales a cinco años de prisión, ya que, según la sentencia, aunque no hubo violencia ni intimidación, tampoco hubo consentimiento de la víctima, por lo que no se le condenó por agresión sexual, donde sí deben existir estas circunstancias. Yo lo recurrí para que le condenaran por agresión sexual, ya que yo entendía que sí hubo intimidación al quedarse Ángela paralizada ante su agresor, por su especial circunstancia, pero la Audiencia no lo vio así. En fin, no se puede ganar siempre.

Ángela no tuvo una vida fácil, su padre murió cuando era muy niña, todavía lo era. Su tío era un cabrón que abusó de ella cuando su madre la dejaba con él para ir a trabajar, y cambió para siempre. Su madre no lo supo nunca hasta ese momento. Cuando Ángela llegó a casa después de su amarga experiencia con Diego, se duchó. Se volvió loca, y empezó a gritar mientras  sangraba frotándose sus partes con un áspero estropajo. Su madre acudió a los gritos y vio lo que ocurría. Fueron al hospital y allí descubrieron que había sido violada. Fueron los mismos sanitarios los que denunciaron el hecho, y el resto ya lo conocéis. Ángela ya no fue la misma, nunca lo fue. Ese trauma latente afloró con tanta fuerza que su mente explotó, no pudo soportarlo, y al cabo del tiempo, la encontraron en la bañera llena de agua y sangre, con una cuchilla de afeitar a su lado. No somos conscientes del daño que podemos hacer con nuestros actos.

            «4 margaritas + 3 mariposas = 7 margaposas»

            «3 armarios + 5 espejos = 8 armapejos»

            «2 lápices + 3 bolígrafos = 5 lapígrafos»

 

 

Retratos de una obsesión: película producida por Fox Searchlight Pictures.

 

 



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