29. ANTES DEL AMANECER

              “Era el esplendor de un sueño de opio, una visión aérea y arrebatadora, más extrañamente divina que las fantasías que revoloteaban en las almas adormecidas de la hijas de Delos.” – Edgar Allan Poe.

            “Dadme a mi Romeo, cuando  muera lleváoslo y divididlo en pequeñas estrellas. El rostro del cielo se tornará tan bello que el mundo entero se enamorará de la noche y dejará de adorar al estridente sol. – William Shakespeare.

           » Ella pelea en mí y vence en mí, y yo vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser.» – Frase de Don Quijote referida a su amada Dulcinea.

            Quizá solo yo vi su hermosura tras su abotargado rostro herido. Tal vez sólo yo supe observar la belleza que escondía Dalia bajo su aparente deformidad provocada por la ira de su amado. Tras sus hinchados ojos negros, nariz rota y boca ensangrentada, se vislumbraba la efímera majestuosidad de sus facciones escondidas detrás de su grotesco rostro sin dientes.

            Recién abierto el despacho, con la motivación que da la juventud, estaba decidido a meterme en el turno de oficio, más que nada para que me diera bagaje y solera en mi profesión. Sabía por compañeros que con el turno aprendería mucho a soltarme en cuestión procedimental, llevando casos que me ayudarían a familiarizarme con las vicisitudes del mundo judicial. Para acceder, tuve que sacarme, no sin esfuerzo, un par de másteres obligados por el Colegio de Abogados. Se necesita estar preparado para entrar al turno, no puede acceder cualquiera. Por otro lado, me metí en una asociación de mujeres maltratadas para asesorar en lo que pudiera a aquellas que habían sido agraviadas por sus parejas, una lacra que no acababa. Dicha asociación, creo recordar, fue una de las primeras que se fundaron en España. Gracias a Matilde, que era un cielo, pude hacerlo, ya que me ayudó mucho a organizar el despacho en sus inicios, y pude compaginar todo.

            Uno de los primeros casos que tuve del turno de oficio, era uno derivado de una guardia de asistencia al detenido. En este asunto me llamaron para acudir a la comisaría de aquí de Torrejón y asistir a un presunto agresor que pegó a su pareja. Me avisaron recién comenzada la guardia y tuve que acercarme por la noche. Entonces vivía con mi madre, y, sobre todo al principio, la pobre se preocupaba por mis aventuras nocturnas, cosa de madres. Una vez allí, el policía tuvo la amabilidad de decirme que se trataba de un chico que había pegado una paliza a su novia. No me dejó ver el expediente pero me contó que había un parte de lesiones aportado por la chica, que ésta tenía la cara hecha un poema, y que se acercó a poner la denuncia con sus padres. Cuando trajeron a mi cliente al despacho policial donde iban a tomarle declaración, no me lo podía creer. Yo conocía a ese chico: Serafín Losada, nunca me olvidaré de él ni de su pandilla. Eran mi pesadilla del instituto. Qué recuerdos me venían tan “gratos” al rememorar sus patadas, empujones, insultos e incluso palizas a la salida de clase. Si no fuera por Conrado, un buen amigo mío, un día me hubieran matado a golpes. Él no me reconoció de primeras, y yo no le dije nada.

            Le aconsejé por lo bajini, sin que se diera cuenta el agente, que no declarara, y así lo hizo. Tardamos poco en la declaración. Cuando nos dejaron a solas para la entrevista personal y privada, le pregunté qué había pasado. Me contestó que su novia siempre le estaba provocando con otros chicos y no tuvo “más remedio” que darle una lección. Continuó diciendo que se vestía provocativa para gustar a los demás y que siempre estaba tonteando con todos, hasta que no aguantó más. Me dejó caer que no fue la primera vez que la sacudía, que no escarmentaba.

            – “No me extraña que termines así, apuntabas maneras. Eres carne de presidio” – dije para mis adentros.

            Me comentó que le sonaba mi cara, pero yo no le saqué de dudas, esperaría a ver cómo se sucedían los acontecimientos. Nos despedimos hasta el día siguiente, pendientes de lo que manifestara el expediente, sobre todo el parte de lesiones de su novia.

            Hay que decir que corría por entonces el año 1997 y todavía no había entrado en vigor la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, que no sería hasta diciembre de 2004, por lo que a Serafín le imputarían por un delito de lesiones del Código Penal antiguo. Todavía no existían los delitos especiales al respecto, que vinieron después con la reforma. Tampoco existían todavía los juicios rápidos, por lo que iría por el procedimiento abreviado, alargándose en el tiempo.

            Al día siguiente, en el juzgado de 1ª instancia e instrucción que estaba de guardia (todavía no existían los juzgados de violencia contra la mujer), me dejaron hacer copia del expediente y me dijo la oficial que Dalia, la víctima, estaba siendo examinada el médico forense. ¿De qué me sonaba ese nombre? ¿No será la Dalia que yo pensaba? Busqué su nombre y apellidos en la denuncia interpuesta por ella adjuntado al expediente y salí de dudas. No podía creer que la chica del instituto que me gustaba entonces, pudiera terminar con el tío más gamberro del mismo. Ojeando el expediente, los hechos denunciados eran los siguientes: la pareja salía aquella noche de una discoteca a altas horas de la madrugada, poco antes del amanecer, después de una cena con unos amigos. Se despidieron de los mismos y Serafín empezó a increpar a Dalia diciéndole que estaba flirteando con dichos amigos, cosa que ella negaba en todo momento, hasta que el supuesto agresor comenzó a darle puñetazos tirándola al suelo. Una vez allí, comenzó a propinarle patadas por todo el cuerpo, hasta que vinieron dos personas a separarle, no pudiendo aportar los datos de ellos. Al poco tiempo llegó la policía y detuvieron a Serafín, llegando también una ambulancia que se llevó a Dalia al hospital. Se aportaba parte de lesiones, donde se explicaba que Dalia tenía lesiones tales como pérdida de dos incisivos, rotura de tabique nasal, heridas en cejas, labios, etc, y rotura de dos costillas, así como eritemas y contusiones en diversas partes del cuerpo. Pensé que era un animal que no había cambiado nada.

            Salí de la oficina del juzgado y me dispuse a bajar a calabozos para hablar con mi cliente. En esto que vi llegar a Dalia, me la quedé mirando y observé que no había cambiado tanto desde que no la veía desde el instituto, a pesar de la cara hinchada que tenía. Se la veía todavía con su carisma especial y una belleza innata que me recordó tiempos pasados. Tenía su pelo negro recogido en una coleta, con la cabeza gacha y deprimida. Cuando pasó a mi lado, levantó su rostro malherido y creo que me reconoció porque su cara se iluminó al verme, pero siguió caminando en compañía de su madre. No nos dijimos nada, cogí el ascensor y descendí a los calabozos para hablar con Serafín. Le expliqué todo lo que decía el atestado y, cuando terminé, me di a conocer. Se quedó pálido, como si hubiera visto un espectro del pasado, y comprendió que no podía llevar su caso, no sería justo para él, yo no sería objetivo. En ese momento le odiaba por lo que le había hecho a Dalia, no podía seguir ejerciendo su defensa en esas condiciones. Le dejé sin más y subí a hablar con la oficial que llevaba el tema, y le comenté que no podía defender a mi cliente por las razones argüidas en el escrito que presenté en ese mismo momento, redactado en la oficina del Colegio de Abogados que tenemos al efecto en todos los juzgados. Lo comprendió tras un buen rato de explicaciones, claudicando y pidiendo un nuevo letrado al Colegio de Abogados. Cuando terminé con dicha circunstancia me dirigí a Dalia. Pidió a su madre que nos dejara a solas un momento para hablar.

            – ¿Me has reconocido? – me preguntó.

            – Claro que sí, nunca me olvidaría de ti.

            – No sé si es correcto hablar con el abogado de Serafín.

            – No te preocupes, ya no lo soy. No puedo llevar este caso.

            Estuvimos hablando durante un buen rato, sobre lo que iba a acontecer en el procedimiento, sobre las posibilidades de que Serafín fuera a la cárcel, sobre la posible orden de alejamiento, en fin, la asesoré sobre todo lo referente al caso. De repente me abrazó diciéndome mientras lloraba:

            – Lo siento, Juan Antonio. ¡He sido tan tonta…! ¡Me ha dicho tantas veces que lo hace porque me quiere…!

            – No tienes que sentirte culpable. Cuando esto termine es tu derecho rehacer tu vida, e intentar ser feliz. Date cuenta de que una persona que te hace esto no te quiere, esto no es amor.

            – Lo sé, hasta aquí he llegado. No quiero nada malo para él, pero ya no puedo más.

            Le dije que debía contratar un abogado, o pedir uno de oficio para defender lo mejor posible sus intereses. Declinó el consejo, no quería perjudicar más a Serafín. Quería que terminara de la mejor manera posible, pero que no se acercara más a ella.

            Quedamos en que iría a la asociación en la que yo colaboraba para ver qué se podía hacer. Teníamos psicólogos, abogados, médicos, asistentes sociales, todos participando de manera altruista y ayudando de forma efectiva a iniciar una nueva vida a las mujeres maltratadas. La ayudamos también a ella, cómo no. Dalia era profesora y trabajaba en un colegio cercano, y, a pesar de haber estado bajo el yugo de su ex novio durante años, después de haber sufrido humillaciones, palizas, desprecios, a pesar de todo, pudo rehacer su vida. Serafín no entró en prisión por los pelos, pero le condenaron, entre otras cosas, a no acercarse a Dalia a menos de quinientos metros durante siete años, y la verdad es que nunca más se supo de él. Por lo que me dijeron, se fue a otra ciudad para evitar males mayores.

            ¿Qué ocurrió con Dalia? Pues que empezó a quedar con un tío raro, con un brazo ortopédico, abogado creo que era, y terminaron casándose, y creo que les iba muy bien. Ese tío estaba enamorado desde el instituto de ella, y cuando la vio en el juzgado, se reavivaron sus antiguos sentimientos.

            Pasado ya un tiempo de los acontecimientos que Dalia ya no quiere ni recordar, quedamos una noche para cenar y me estuvo explicando por qué empezó a salir con Serafín. Yo la miraba embelesado, ya estaba curada completamente de todas las heridas y floreció otra vez esa belleza que yo siempre vi deslumbrante, no había perdido nada de su luminosidad desde la adolescencia.

            – Verás – comenzó -, ¿te acuerdas cuando te estaban pegando esa paliza a la salida del instituto?

            Le contesté afirmativamente y continuó:

            – Yo estaba observándolo, y en ese momento apareció un vecino mío y le pedí ayuda. Era un pintas, pero me llevaba bien con él, y no tenía otra opción, si no, te mataban. Sabía que le tendrían miedo, un tío tres o cuatro años más mayor y con esa facha de quinqui infundía respeto.

            – Sí, Conrado – afirmé sorprendido. – Desde entonces nos hicimos muy amigos, empezó a formar parte de mi pandilla. Es verdad que era un quinqui y un poco raro, pero en el fondo era buen tío. Nos salvó de unas cuantas. Así que, ¿fuiste tú la que me salvó? Conrado no me dijo nada.

            – Ya sabes cómo era, de pocas palabras. No sabía que os hicierais amigos. Sabes que Serafín me pidió varias veces salir, y yo le rechacé. Pero después de lo que te pasó, accedí a ser su pareja con la condición de que te dejara en paz, con la idea de no durar mucho, pero, cosas que pasan. Era muy guapo, hay que reconocerlo, y me medio enamoré de él, porque al principio se portaba muy bien conmigo, pero cuando ya llevábamos un tiempo, empezó a aflorar su verdadero yo violento. Le dejé varias veces, pero siempre volvía engatusándome y prometiéndome que cambiaría, y siempre le daba otra oportunidad, hasta la última que se pasó tres pueblos. Decidí entonces que no podía seguir así, ya no le quería, estaba con él por miedo.

            – Duraste mucho tiempo con él, no sé cómo has aguantado tanto.

            – Tonta que es una. – Calló unos instantes, mirándome fijamente con aquellos grandes ojos negros que me volvían loco. – Mira, te voy a decir una cosa porque no quiero que empecemos nuestra relación con misterios. Estoy loca por contártelo.

            – Desembucha.

            – La noche que Serafín me pegó la paliza, uno de los que me ayudaron, me dijo que no contara nada a nadie… ¡Uf, no sé si decírtelo! Me hizo prometer que no delatara su nombre. Me quitó a Serafín de encima, se me acercó y me dijo que no tuviera miedo, que ya terminaría todo, y que dejara definitivamente a ese bestia, y no se fue hasta que le prometí que lo haría. Pero era extraño, no había pasado el tiempo por él, no sé si por mi estado de shock o qué, pero le vi igual que cuando te ayudó a ti.

            – ¿Quieres decir que….? Pero…., no puede ser. ¿Estás segura?

            Me quedé blanco, no podía creer que fuera él, era imposible. Dalia sintió mi escepticismo y comenzó a sentirse incómoda.

            – Sí, claro… – contestó – Yo estaba conmocionada en ese momento, pero era él, estoy segurísima. Su cara, su voz, claro que era él. Al otro no lo vi, pero el que se me acercó era Conrado, seguro.

            La miré incrédulo, invadiéndome una perturbación al pensar que quizá estuviera todavía alterada por lo sucedido, pero al final deduje que no, que no mentía. Estaba totalmente segura de que era él.

            – ¿Por qué? – dijo. – No me asustes, ¿qué pasa?

            Dejé pasar unos segundos más y le expliqué:

            – Tengo que contarte algunas cosas que nos pasaron en aquellos tiempos, cosas muy oscuras y perturbadoras que nos cambió a todos. Pero tengo que decirte que Conrado lleva más de diez años muerto. Falleció salvándome a mí de una muerte segura, como no podía ser de otra manera. Me tenía un cariño especial y dio su vida por mí.

            Dalia me miró espantada, sin poder creérselo, y estuvo un tiempo dándole vueltas elucubrando si efectivamente no era él, pero estaba segura, fue Conrado quién la salvó.

            Al final olvidamos aquel incidente y, hasta ahora, Dalia y yo somos felices con nuestra relación. No hablamos más del tema, pero al cabo del tiempo, cuando Gabriel me comentó lo ocurrido con la extraña investigación que estaba realizando respecto a aquel hombre de la inquisición, quizá tenga mi amigo algo que explicarme…

 

 

 

 

 

“Antes del amanecer”: Película producida por Castle Rock Entertainment y distribuida por Columbia Pictures.

 

 

 

           



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