25. CALLE MAYOR

            Los donjuanismos nunca han sido mi fuerte. En la adolescencia, quizá tenía la autoestima un poco baja debido a la minusvalía que sufría, e incluso ahora me cuesta en ciertas ocasiones tomar la iniciativa en cuanto a las féminas se refiere. A Gabriel, mi amigo, le pasaba un poco igual que a mí, pero en una ocasión le ocurrió algo con una chica. Resulta que era compañera suya en la parroquia a la que asistía, le declaró su amor y, Gabriel, por probar al ser la primera vez que podría tener una relación amorosa, accedió a salir con ella. Al poco tiempo se dio cuenta de que no le gustaba, pero no sabía cómo decírselo, y adoptó la manera más cobarde de dejarla, por miedo a enfrentarse a la situación: comenzó a no contestar a sus llamadas y no acudir a las citas que concertaban. La chica estaba enamoradísima de Gabriel y lo pasó muy mal con la actitud de Gabriel. Eran unos críos, y de la chica no se supo más, pero Gabriel me ha confesado que todavía se siente culpable por lo ocurrido, y que, si pudiera volver atrás, cambiaría el devenir de la situación, pero los viajes en el tiempo son una utopía sin sentido.

            Este relato me vino a la mente a colación de un caso que llevé hace ya unos años, no parecido, pero mi mente hizo la analogía de ambas historias. Un día que estaba de guardia de violencia de imputados, me llamaron para asistir a la declaración de un chico que estaba imputado por un delito de homicidio en grado de tentativa. Cuando llegué a la vieja comandancia de la Guardia Civil del pueblo al que me mandaron, me hicieron entrar a una destartalada salita de espera donde estuve como unos diez minutos, hasta que me llamaron y entré en un oscuro despacho donde pasaban las declaraciones. Mientras esperábamos al imputado, el joven guardia civil que se estaba al frente del atestado me explicó muy amablemente que mi cliente, supuestamente intentó tirar a su novia por el hueco de un edificio que estaba en obras. Ésta consiguió escapar y vino directamente a denunciarlo, junto con su madre.

            Cuando entró mi cliente, Juan se llamaba, era un hombre de unos treinta y tantos, alto, moreno con ojos negros, bien parecido. Se sentó a mi lado, mirándome con ojos desorbitados, asustado, sin saber muy bien qué es lo que pasaba.

            – Yo no he hecho nada, ha debido ser una equivocación – dijo llorando.

            El agente leyó sus derechos en mi presencia, y le preguntó si quería declarar allí o en sede judicial. Juan me miró y yo miré al guardia. Éste me dijo que podía decirle que declarara en el juzgado, y así lo hicimos. Posteriormente le tomaron muestras de saliva y piel, y después nos dejaron a solas en una fría sala que solo tenía un banco alargado contra la pared, donde nos sentamos incómodos.

            – De verdad que no le he hecho nada a Isabel, no sé porqué me ha denunciado. Tiene que haber un error. ¡Estoy tan nervioso!

            – Bueno, tranquilo. ¿Le parece que hablemos mañana en el juzgado después de que intente descansar esta noche, y yo haya visto el atestado? – Le pregunté al verlo tan nervioso y asustado. No daba pie con bola cuando intentaba explicarme algo, así que quedamos en que descansara primero.

            – ¿Qué me ocurrirá? – preguntó.

            – Pasará mañana a disposición del juzgado de guardia, donde pasaremos las declaraciones y ya veremos si lo pasan a la Audiencia Provincial o no. Puede que pasemos la vista sobre su situación personal, es decir, si decretan prisión provisional o por el contrario, decretan libertad condicional. Pero hasta mañana no le puedo decir más. Descanse y hablamos en cuanto haya visto el expediente.

            Nos despedimos y así quedamos. Salí de allí y me apetecía pasear por el pueblo. Llegué hasta el edificio donde, presuntamente, ocurrieron los hechos, el agente me indicó dónde se encontraba. Era domingo y no había nadie en la obra, así que me fue fácil pasar y ver el lugar de la supuesta agresión. Se trataba de un bloque de pisos a medio construir de tres plantas, no muy grande, con dos pequeñas viviendas en cada piso. Solo estaba hecho el armazón del edificio, sin paredes y con una angosta escalera provisional que utilizaban los obreros para acceder a los diferentes pisos. Subí al primero y en el centro había un estrecho hueco, protegido con tablas, que estaban intactas. Subí al segundo e igual, así como en el tercero. No vi indicio de agresión alguna. Cogí el coche, regresé a casa, teniendo la impresión de de Juan ocultaba todavía algo que suponía que le sonsacaría al día siguiente.

            Esa mañana, había mucho movimiento en los juzgados de Alcalá, se notaba que era lunes. Me dirigí al de guardia, me personé en el asunto y me dieron una copia del expediente que examiné ipso facto. El atestado de la Guardia Civil decía que la dicente, llamada Isabel, de 42 años, llegó a esas dependencias el sábado a las 19.30 horas acompañada de su madre, procediendo a tomarla declaración. En dicha declaración explicaba que Juan y ella tenían una relación de pareja desde hacía más de seis meses, teniendo fecha de boda para el año siguiente. La tarde del sábado, Juan tuvo la idea de acercarse al edificio de viviendas, del cual habían apalabrado una de ellas con la constructora, con la intención de estudiar cómo delimitarían su próximo domicilio, dónde pondrían los muebles, en fin, cosas de pareja. Lo hicieron a sabiendas de que no habría nadie ya que los obreros habían terminado su jornada laboral. Entraron por una pequeña puerta provisional en la extensa valla que rodeaba el inmueble y subieron hasta el tercer piso que era donde se situaba su próximo domicilio. Una vez arriba, tuvieron una fuerte discusión y Juan le cogió de las muñecas con la intención de tirarle por el hueco del ascensor, rompiendo una de las frágiles tablas colocadas por seguridad. Logró zafarse de él y huir escaleras abajo. Preguntada el motivo por el cual creía que quería acabar Juan con su vida, Isabel contestó que no lo sabía, que se volvió como loco, y tenía miedo de que volviera a intentarlo.

            Había también un parte de lesiones que especificaba que Isabel tenía una serie de eritemas y arañazos compatibles con lo narrado.

            Con las mismas, bajé a calabozos y transmití a Juan lo que plasmaba el expediente. Una vez se lo hube trasladado, le invité a que se explicara. Agachó la cabeza, cariacontecido, y comenzó a contarme una cruel historia que me puso los pelos de punta, que ni las películas neorrealistas de Fellini y compañía. Pensé para mis adentros que era un cabrón en toda regla, pero en realidad, si su historia era cierta, era inocente, pero se merecía todo lo que le estaba ocurriendo.

            – Estoy muy arrepentido de hacerle esto a Isabel. Se nos ha ido de las manos, debí cortarlo antes y no llegar a estos extremos. – Me confesó cuando terminó el sórdido relato.

            – Bien, si esta es la verdad, debemos lograr que Isabel se derrumbe y cuente la verdad. Quizá no lo haga por vergüenza, pero, según me ha contado, es fácil presionarla y que cante con facilidad – le comenté- . Vamos a ver cómo lo hacemos.

            Cuando subí, observé que se encontraban unas mujeres esperando fuera. Intuí que eran Isabel con su madre. Estaban sentadas junto con el letrado que le habían asignado. No pude por más que sentir compasión por aquella mujer con la cabeza gacha que arrostraba en silencio la ignominia tan cruel que había sufrido por parte de Juan. La verdad es que tenía cierto atractivo, con ojos verdes, piel blanca, vestida de forma clásica, parecía salida de la postguerra en los años cincuenta. Me presenté al compañero y éste se levantó y nos separamos de ellas para charlar. Me comentó que querían llegar hasta el final, dado que estaban muy dolidas y querían dar un escarmiento a mi cliente. Le habían contado su versión de los hechos y vi claramente su dolor. Yo estaba dividido: por un lado me daba pena esa mujer, y yo quería que Juan tuviera su merecido; por otro lado me debía a mi cliente y no debía ir a prisión porque era inocente de los cargos que le imputaban si decía la verdad. Según me dio a entender Juan, los remordimientos le reconcomían y eso ya era suficiente castigo.

            Me facilitaron el informe médico forense que ratificaba el informe médico del centro médico. Al poco nos llamaron para entrar en la salita que tenían para pasar las declaraciones. Había una mesa alargada donde estaba el juez sentado en una punta, junto con la oficial y la fiscal, y al otro lado nos sentamos el compañero y yo. Llamaron a Isabel que se sentó al lado de su abogado. El juez la apercibió que debía declarar de forma veraz, ya que el falso testimonio estaba penado con penas de cárcel. Isabel dijo que lo comprendía y se ratificó en su denuncia. Entonces le preguntaron qué es lo que ocurrió el día de autos. Isabel tenía los ojos llorosos, parecía que iba a romper a llorar, pero se recompuso y comenzó:

            – Yo estaba comprometida con Juan, nos íbamos a casar el año que viene, ya teníamos fecha. Me dijo ese día que fuéramos a ver cómo iba el piso que apalabramos, para hacer mediciones y estar un rato a solas. Como era sábado por la tarde, no había nadie trabajando y accedimos fácilmente. Los escalones eran de obra y eran peligrosos. Ese día notaba a Juan raro, pero supuse que eran los nervios de la boda, no sé.

            >> El caso es que subimos al tercer piso, que era el nuestro. Estuvimos midiendo para ver cómo quedarían los muebles, pero Juan estaba distante, no le veía ni contento ni ilusionado. Le pregunté qué le pasaba varias veces, pero me decía que nada. Yo le seguía insistiendo, hasta que al final me gritó que lo dejara en paz. Me dijo que no me quería, me agarro por las muñecas e intentó tirarme por el hueco del ascensor. Quería deshacerme de mí – dijo llorando -.  Yo me defendí como pude. Estuve a punto de caer, hasta se rompió una tabla que rodeaba el hueco, que cayó por él, haciéndose añicos. Logré desembarazarme y salí pitando escaleras abajo sin mirar atrás. Llegué a mi casa y se lo conté a mi madre. Yo no quería denunciarlo, le quiero demasiado, pero ella me insistió y nos acercamos al centro de salud donde me curaron las heridas, y fuimos a la Guardia Civil a denunciarlo.

            – Ha dicho que una de las tablas se rompió, pero tengo que decirla que ayer me acerqué al inmueble a inspeccionarlo y no vi esa tabla rota, estaban todas intactas. ¿Me lo puede explicar? – le pregunté.

            Isabel se puso más nerviosa todavía, y no supo contestar.

            – ¿No le dijo Juan nada más? ¿No le dijo que su relación era una farsa?

            Isabel agachó la cabeza y contestó llorando:

            – Yo le quería, estaba tan ilusionada con nuestro amor que me volví ciega y no supe ver lo que pasaba en realidad. Me utilizó de una manera cruel. Yo no quería denunciarlo, pero mi madre insistió. Me decía que tenía que pagar por lo que me ha hecho.

            – Entonces, no intentó tirarla por el hueco del ascensor – insistí-.

            Isabel rompió a llorar desconsoladamente, y solo atinó a decir:

            – La idea fue de mi madre, quería darle un escarmiento. Yo no quería, de verdad, mi madre me obligó.

            No atinó a decir más, le dio un ataque de ansiedad, por lo que la acercaron al médico forense para tratarla esa crisis. El juez mandó llamar a mi cliente para ver si daba más luz al caso. Juan entró esposado, asustado y nervioso. Se sentó a mi lado, el juez le leyó sus derechos y le pidió que contara su versión.

            – Lo que les voy a contar, lleva reconcomiéndome mucho tiempo. Me arrepentiré toda la vida de lo que he hecho sufrir a Isabel, pero necesito soltarlo. Espero que me perdone algún día. Todo comenzó en el bar de la Calle Mayor de mi localidad. Aunque el pueblo está cerca de Madrid, no deja de ser un pueblo donde se conocen todos. Digamos que yo soy forastero, porque hacía poco que me destinaron a la sucursal del banco de allí. En ese bar nos juntamos para tomar algo mis compañeros y yo, echamos un billar, y bueno, pasamos el rato. Lo que nos entretiene mucho es gastar bromas al personal del pueblo, y hacemos apuestas. Un domingo por la mañana, a la salida de misa, veíamos a Isabel a través de la ventana del bar. Salía de la iglesia con su madre. Yo no la conocía y mis amigos me explicaron que era “una solterona que no ha catado varón”, así me lo dijeron. Tramamos un plan: apostamos a que yo conseguiría una cita amorosa con ella, y me hacía su pareja. No me costó mucho, la verdad. Me hice el encontradizo con ella e hice que se le cayeran unos papeles que llevaba. Le ayudé a recogerlos  y le invité a tomar algo para resarcirla. Y así fuimos quedando una y otra vez hasta que llegó el momento en que se nos podía considerar pareja. Yo la veía cada vez más enamorada de mí, pero no sabía cómo parar la situación. “¿Por qué nunca me dices que me quieres?”, me preguntaba muchas veces. Yo no sabía qué contestarle, y cada vez la bola se fue haciendo más grande. Tenía que haberlo cortado antes. Así que llegó un día que fijamos el día de la boda, bueno, ella lo hizo, pero yo no lo evité. Todo iba muy deprisa. Ella estaba ciega, estaba tan contenta de tener novio que me daba apuro desilusionarla y no vi solución posible. Pensé muchas veces en desaparecer, dejarla por las buenas, pero tenía miedo que hiciera alguna locura. Más de una vez me dijo que si yo faltaba ella no podría soportarlo.

            >> Llegué a pensar que solo tenía dos opciones: me callaba y me casaba con ella por compasión, arruinándome yo la vida al casarme con una persona que no quería nada en absoluto, o decirle la verdad y destrozarle a ella la vida, con las posibles consecuencias que podría aparejar. Yo pensaba en lo peor y no sabía cómo salir de ello. Mis amigos no me daban ninguna solución, sólo se reían y continuaban la broma, pero a mí ya no me hacía gracia. Les conozco y sé que ahora ellos la señalarán y se reirán prácticamente en su cara. Son crueles y me han hecho serlo a mí también, no sé por qué me dejé embaucar en esta historia.

            >> Ya no podía más, y el otro día, quedamos en ir a nuestro futuro piso que estaban construyendo. Subimos y, ella estaba tan afanosa e ilusionada imaginándose cómo sería nuestra casa que no se percató que yo estaba más serio que de costumbre. Me estaba volviendo loco explicándome dónde pondríamos los muebles, la cama, en fin, normal esa ilusión que tenía por fabricar nuestra vida en común. Entonces la cogí con fuerza de las muñecas para que se estuviera quieta y me mirara. Le conté todo con pelos y señales, ya no podía más y se lo solté de golpe. Se me quedó mirando como si hubiera visto un fantasma. Era una mirada terrible, llena de odio, asombro y miedo. Se soltó de mis manos y comenzó a darme puñetazos en el pecho. Yo quise abrazarla pero se fue llorando escaleras abajo. Estuve a punto de tirarme yo por el hueco al pensar qué es lo que había hecho: había destrozado la vida de una persona para siempre. Sé que soy una mala persona, pero les juro que no intenté matarla. Entiendo que esté resentida y dolida, comprendo muy bien lo que siente, y merezco todo lo que me pase, pero hacerla daño es lo último que se me pasa por la mente.

            Terminada su declaración, Juan volvió a calabozos y nos quedamos el juez, el fiscal, el compañero y yo debatiendo cual sería el próximo paso a seguir. Yo pedí que declarara la madre de Isabel, para aclarar cuál era su participación en el asunto, aunque ya se intuía por la declaración de Isabel. Nadie se opuso y el juez mandó llamar a Florinda, que así se llamaba. Entró una mujer mayor asustada, compungida. Se sentó entre el compañero y yo.

            – Bien señora, – comenzó el juez – la hemos llamado para que nos aclare unas cuantas dudas acerca de lo ocurrido con el acusado y su hija. Nos gustaría que nos dijera la verdad, ya que, de lo contrario, podemos imputarlas por un delito de falso testimonio y denuncia falsa, así que le conviene que declare lo que ocurrió exactamente. Su hija nos ha dado a entender que fue usted la promotora de la denuncia hacia Juan. Cuéntenos lo que ha pasado.

            La señora bajó la cabeza, muy triste, y empezó:

            – No sé si tienen ustedes hijos, pero es muy triste para una madre ver a su hija sufrir de esa manera, querer dejar esta vida porque no tiene esperanza, porque unos desalmados la han herido en lo más profundo de su ser solo por diversión. No voy a negar que hemos mentido acerca de lo que pasó, pero no vi otra salida para dar un escarmiento a ese  malvado. Desde pequeña siempre se han reído de ella, se volvió apocada, distante, sólo quería estar conmigo. No tenía amigos, y en un pueblo, si te rechazan de esa manera, es difícil cambiar de aires y conseguir otros. Pero lo que han hecho esos… pérfidos, no tiene perdón de Dios. No sé si Isabel podrá salir de ésta, puede que sea la puntilla para que se hunda del todo en el abismo, y tengo miedo que, cuando yo falte, que no tardará el momento, esté sola, sin nadie. La soledad es la peor de las compañeras, pero no veo solución para que mi hija se reponga, ha sido un duro revés. ¿Cómo se puede jugar con las esperanzas y la felicidad de una persona de esa manera tan cruel? Son gente sin escrúpulos, y se merecen todo lo que les pase. Perdónenme, pero no me arrepiento de lo que he hecho. Si esto ha servido para que ese sinvergüenza pase aunque solo sea una noche en calabozos, me doy por satisfecha. Ahora sé que puede perjudicarme, pero volvería a hacerlo.

            – ¿Sabe que pueden imputarlas a usted y a su hija por un delito de falso testimonio? – le preguntó el juez.

            – Sí, lo asumo, pero como he dicho antes, no me arrepiento. Que sea lo que Dios quiera.

            Nadie hizo preguntas, ¿para qué? Todo estaba claro, y la situación era incómoda para todos. Yo estaba convencido de que ni mi cliente ni el fiscal iban a ir contra ellas. Bastante tenían esas pobres mujeres con lo ocurrido. Hicieron salir a la mujer y volvieron a traer a mi cliente.

            – Bueno – continuó el juez -. Usted va a quedar en libertad ya que no existen indicios de delito. Ni el fiscal ni la acusación particular van a continuar contra usted. Sólo le quiero decir una cosa: lo que usted ha hecho junto con sus amigos a esta mujer, esta broma de mal gusto, va a tener repercusiones y consecuencias en la vida de Isabel. Espero que recapacite e intente resarcirle, tendrá que buscar la manera. A mi entender usted la ha estafado de la manera más cruel, porque no solo se estafa dinero, también se estafan las ilusiones y la felicidad de las personas, que es lo que le ha quitado, y eso es mucho peor porque deja una huella imperecedera que será imposible de olvidar. No quiero volver a verle en esta situación. Ahora le darán sus cosas y podrá salir en breve.

            Así quedó la cosa. Juan quedó libre sin cargos e Isabel y su madre no fueron imputadas por falsa denuncia. Me consta que mi cliente quiso resarcir a Isabel, pero el mal ya estaba hecho. No sé qué es lo que pasó con sus vidas, pero me imagino que la herida fue tan grande que no pudo curarse del todo, pero, quién sabe, con terapia y queriendo salir del pozo, tarde o temprano se consigue. Espero de todo corazón que lo consiga.

            En homenaje a Juan Antonio Bardem, un grande del cine español.

 

 

 

«Calle Mayor»: Película producida y distribuida por Suevia Films.

 

 

 

 



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