28. CONTACTO SANGRIENTO

            Rememorando el otro día con mi querido amigo Facundo, el susodicho de Belén, tiempos pasados que no fueron mejores en muchos de sus momentos, recordamos bajo el influjo de un par de botellas de Ribera que nos pedimos en la cena, el día que nos colamos en el cine Palafox para ver Karate Kid. Mi mujer y Belén ya nos dieron por imposible. El embriagador perfume del vino, y sobre todo su afrutado sabor tras varias copas que dieron cuenta de él, nos soltaba la lengua de un modo involuntario sacando el payaso latente que teníamos dentro. Nuestra mente bloqueó partes de nuestra vida que quisimos olvidar, pero sí recordamos los buenos momentos, riendo de manera efusiva al hacerlo ¿Qué chico de nuestra edad no ha querido ser alguna vez Daniel Larusso, guiado por su maestro el señor Miyagi? ¿Y qué me decís de Van Damme, y de Bruce Lee? En aquella época nos envolvía esa aureola de misticismo y americanismo que tenían aquellos mágicos filmes. Momentos espléndidos recordados por dos borrachillos y no olvidados por nuestras mujeres. Cada vez que nos juntábamos, muy de vez en cuando, ocurría lo mismo, estaban acostumbradas, pero, a pesar de todo, querían volver a repetir la velada. Lo pasábamos muy bien. Era tan difícil quedar todos que teníamos que conformarnos con reuniones en petit comité.

            La mezcla de alcohol con drogas de diseño puede tener efectos devastadores. Cuando vi el expediente en el juzgado vi claro que mi cliente iba a ser condenado sí o sí por un delito de homicidio. Me dijo en comisaría que solo recordaba haber defendido a su novia y su amigo de unos atracadores, pero que dudaba mucho que hubiera hecho tanto daño a ese chico, porque sabía el alcance de su fuerza y el lío en que podía meterse.

            Según el atestado policial que formaba parte del expediente, cuando la policía llegó tras una llamada anónima de un vecino que escuchó la pelea, había un chico sin conocimiento tendido en la calle, un drogadicto conocido por sus robos con fuerza y con violencia, con numerosos antecedentes. Se lo llevó una ambulancia rápidamente pero murió al poco tiempo por las lesiones sufridas en la cabeza. Detuvieron a tres jóvenes que estuvieron implicados en la reyerta, dos chicos y una chica. En comisaría, mi cliente, que era el imputado, ahora investigado, no se acordaba de nada cuando le asistí. No declaró porque esa noche había bebido bastante junto con la toma de un “éxtasis”, lo que le produjo esa amnesia parcial. Sólo recordaba que unos atracadores les habían amenazado con unas navajas para robarles, y él defendió a su novia y su amigo, pero sin recordar cómo acabó la cosa. Su novia declaró en comisaría que su novio la obligó a apartarse y no vio lo que pasó, todo fue muy rápido. Su novio y su amigo llegaron al poco tiempo donde estaba ella, con la excitación propia de la situación, y a los dos minutos se presentó la policía. Rodrigo, el amigo, declaró que, efectivamente, la chica se apartó y no vio nada, pero que su colega Pablo, se volvió como loco y empezó a dar patadas a diestro y siniestro. Uno huyó y con el otro se ensañó brutalmente. También explicó que Pablo era cinturón negro de taekwondo y sabía defenderse, pero esa noche habían bebido y no controló. Él trató de separarle y al final lo consiguió, pero ya era demasiado tarde.

            – No entiendo lo que me pasó, yo soy muy pacífico – me explicaba Pablo -. Soy consciente de que puedo hacer mucho daño en una pelea, y por eso siempre trato de evitarlas, y cuando no puedo hacerlo, solo me defiendo, tratando de no hacer daño a mi contrincante. Pero antes de anoche, de verdad que no recuerdo qué pasó. Si lo hice lo siento, pero no me acuerdo. Espero que el chico esté bien.

            Le dije que el chaval había fallecido y que le imputarían por homicidio. Pablo se derrumbó y comenzó a llorar como un niño. Le expliqué cuales eran los pasos a seguir. Habíamos pedido que le hicieran un informe toxicológico para acreditar que en ese momento estaba bajo los efectos de sustancias psicotrópicas, para alegar una eximente o al menos una atenuante, si no probábamos la defensa propia. Yo esperaba que la novia y el amigo declararan que hubiera actuado en su defensa, pero esto acababa de empezar.

            La policía vio a Pablo como el único responsable, por lo que soltaron a su novia y a Rodrigo, y allí estaban en el juzgado, esperando fuera hasta que les llamaran a declarar. Fui hacia ellos, me presenté y les expliqué lo que podía pasar. Les pedí que me contaran lo ocurrido y fue más o menos lo que declararon en comisaría. Noelia, la novia, no vio nada, sólo supo que Pablo se quedó defendiéndola a ella y a su amigo, y éste, me explicó que, efectivamente fue en defensa propia y la de ellos, pero que una vez que el atracador estaba en el suelo, Pablo se lió a patadas con su cabeza. Le pregunté si el otro atracador que huyó vio cómo ocurrió todo, y me contestó que cuando empezó la pelea, viendo que Pablo se defendía bien y que no podían hacer nada, huyó y no pudo ver cómo terminó la gresca. Me explicó que eran unos yonkis armados con navajas y sólo querían dinero, pero Pablo, viendo que estaban idos y que podían llegar a hacerles daño, a él y a su novia, se ofuscó atizándoles hasta que terminó como terminó. Había algo que no cuadraba, pero esperaría a preguntar cuando pasáramos las declaraciones. Me facilitaron el informe médico forense de Pablo y no era muy esperanzador: decía que sí que había restos de sustancias estupefacientes pero que no podían acreditar que fuera suficiente para hallarse en un estado de intoxicación plena como para cometer el hecho delictivo sin comprender lo que hacía, así que tenía que ir a por la eximente de defensa propia, o en todo caso, el homicidio imprudente, aunque lo veía difícil.

            Pasamos a la sala de declaraciones que tenían preparada al efecto. La juez de instrucción estaba sentada en una punta de la mesa junto con la oficial que iba a transcribir lo manifestado, el fiscal a un lado de la mesa y yo al otro. Entró Rodrigo a declarar primero y manifestó lo mismo que ya me había dicho a mí y en comisaría, nada nuevo. Entonces yo le pregunté:

            – ¿En qué estado se encontraba Pablo cuando llegaron junto a Noelia, ya terminada la pelea?

            – Estaba muy alterado, como loco. Yo lo achacaba al alcohol y a la droga que nos habíamos tomado. Tuvimos que tranquilizarle un rato hasta que llegó la policía.

            – ¿Quién llegó antes junto a Noelia, o llegaron a la vez?

            – No sé. Estábamos todos muy nerviosos y no sabría decirle, pero supongo que llegamos a la vez.

            Salió de la sala y entró Noelia, y manifestó también lo mismo que en sede policial. Era poca referencia porque no vio la pelea, se apartó según instrucciones de su novio para que no saliera perjudicada. Cuando terminó la declaración, yo le hice la misma pregunta que a Rodrigo. Contestó que estaba muy nerviosa, pero que cree recordar que Pablo llegó tranquilo, incluso le tranquilizó a ella. Quizá estuviera alterado durante la pelea, pero no recuerda verle alterado cuando llegó a su lado, pero no lo podía asegurar, fue todo muy rápido.

            – ¿Quién llegó primero a su lado, su novio o Rodrigo?- le pregunté.

            – No lo sé, creo que llegaron a la vez, pero no estoy segura. Sí sé que llegó Pablo y me abrazó para tranquilizarme, pero no me di cuenta si estaba en ese momento Rodrigo, creo que sí, pero no me acuerdo, estaba muy nerviosa – repitió.

            Terminamos la declaración de Noelia, y cuando salió, al momento entró esposado mi cliente. Les sacaba una cabeza a los agentes que le custodiaban, era muy corpulento. Se sentó a mi lado, cabizbajo, y al preguntarle por lo sucedido, declaró lo mismo, que no se acordaba de nada, solo que intentó defender a su novia y su amigo, pero no recordaba nada del momento de la pelea. Tampoco recordaba si llegaron juntos Rodrigo y él junto a Noelia.

            – ¿Hace mucho tiempo que Noelia y usted son novios? – le pregunté.

            Pablo se sorprendió con la pregunta, pero me contestó que hacía dos semanas que salían, que iban juntos a la facultad, al igual que Rodrigo. No sé si por nerviosismo, pero contó que tenían una apuesta Rodrigo y él para ver quién conseguía salir con ella, y ganó él, cosas de jóvenes.

            – No sé dónde quiere llegar, letrado, pero no veo la relación que tiene lo que le está preguntando a su cliente con el caso – me expresó la juez un tanto molesta. – Son preguntas impertinentes que no creo que vayan a ningún sitio.

            Yo conseguí ya lo que quería saber, y le dije que no tenía más preguntas. Entonces pasamos la vista de la situación personal de mi cliente, es decir, si iba a prisión provisional o no. El fiscal pidió la prisión por ser un delito de homicidio cuyo máximo supera los dos años de prisión, por creerle responsable del delito y por riesgo de fuga dada la gravedad del delito. Yo solicité la libertad provisional alegando que no estaba claro dicho delito, ya que había indicios de ser un caso de defensa propia y por tanto no era constitutivo de delito, así mismo como que no había riesgo de fuga, que no tenía antecedentes penales y que era suficiente imponerle la medida cautelar de ir a firmar al juzgado los días 1 y 15 de cada mes.

            Tras un buen rato de deliberación por la juez, impuso mediante auto justificado la prisión provisional por los motivos alegados por el Ministerio Fiscal, y pendientes también del informe forense sobre la autopsia del cadáver que tardaría todavía unos días. Se lo comuniqué a Pablo, se lo esperaba porque yo ya le había informado al respecto. Recurriríamos el auto pero debía ocurrir un milagro para que se librara de pasar una temporadita en la cárcel. Informé también a Noelia y Rodrigo sobre lo que el juez había decidido y la chica se puso a llorar desconsoladamente. Rodrigo la abrazó soltando una amarga lágrima que me hizo estremecer. Parecían muy amigos y se sentían responsables de que Pablo estuviera en esta situación, pero yo estaba con la mosca detrás de la oreja. Hice un escrito pidiendo un oficio para que investigaran sobre el paradero del otro atracador que huyó, pero era muy difícil, ya que mi cliente y los testigos no supieron dar una descripción detallada del mismo, así que yo esperaba que le detuvieran por alguna otra causa y cantara sobre lo que vio.

            Pasó una semana y me notificaron el informe de la autopsia del atracador muerto. Fui a ver a mi cliente al penal donde estaba recluido para informarle y hablar sobre el tema.

            – De verdad que no recuerdo haberle dado esas patadas tan bestiales, no es mi estilo. No digo que no lo hiciera en ese estado, pero me extraña tanto que me es imposible creerlo. Casi le puedo asegurar que no lo hice, pero es que no me acuerdo.

            Le vi muy alicaído, pero con buen talante, ayudándome a intentar recordar lo que pasó, pero sin éxito. El informe de la autopsia explicaba que el chico murió por los traumatismos craneales que sufrió en la agresión, coincidentes con una serie de pisotones y patadas contra el suelo que fue lo que le provocó la parada cardiorrespiratoria a los pocos minutos de producirse.

            – Esto no nos ayuda, Pablo. Aquí se ve ensañamiento, y por mucho que yo alegue defensa propia, ningún tribunal nos lo va a admitir. Y hay que tener en cuenta que eres cinturón negro de taekwondo, por lo que puede agravar la futura pena que te puedan imponer. ¿No recuerdas al otro atracador, al que huyó? Algo que pudiera identificarle, aunque sea una tontería que lo distinga.

            – No, solo sé que eran los dos muy poca cosa, con pinta de drogadictos, muy delgados y demacrados. Espera, el que huyó era el que hablaba y tenía una voz muy ronca, como esos que están operados de la garganta. Ahora recuerdo que cada vez que lo hacía se llevaba la mano al cuello.

            – Bien, diré esto en el juzgado y haré algunas indagaciones. No te prometo nada pero hay que intentarlo.

            Salí de prisión llamando inmediatamente a mi amigo Velasco. Le expliqué el tema y le rogué que hiciera unas averiguaciones con los datos que me facilitó Pablo.

            – No te preocupes, Juanan. Este tipo de delincuentes caen más temprano que tarde, así que llamaré a conocidos que tengo en otras comisarías para que me avisen si detienen a algún yonki con estas características.

            No tardó mucho en llamarme. Al día siguiente habían detenido a un chico con un agujero en la tráquea que habían sorprendido abriendo unos cuantos coches para robar en su interior.

            – Y adivina qué nos ha contado…

            Inmediatamente pusieron a disposición judicial al chico, e independientemente de sus delitos, le llevaron como testigo por el caso de Pablo. Me avisaron del juzgado para pasar la declaración. Esperé fuera unos veinte minutos hasta que me llamaron para entrar. Me senté enfrente del fiscal y al poco tiempo entró el supuesto atracador fantasma que huyó. Estaba muy demacrado, parecía que tenía el mono, y olía a rayos. Observé que tenía una herida, un agujero más bien, en la garganta, fruto de una operación quirúrgica, imagino que por la mala vida que llevaba. Se sentó a un par de metros, enfrente de la juez, y ésta comenzó.

            – Bien, está usted aquí como testigo de una reyerta o pelea en la que usted participó. Usted y un compañero suyo intentaron atracar a tres personas la noche de tres de marzo, ¿lo recuerda?

            – Sí – contestó. –No lo podré olvidar.

            – Pues cuéntenos lo que pasó, por favor.

            El chaval, que no tendría más de veinticinco años, aunque parecía un viejo de setenta, se despachó a gusto relatando lo ocurrido. Se tapó el agujero con el dedo y comenzó con su ronca voz.

            – Ya me da igual contarlo, total voy a ir a la cárcel de todas formas… Verán, mi amigo y yo esa noche estábamos “enmonaos”, y necesitábamos pillar algo rápido. Así que vimos a esos tres y les pedimos dinero. No nos lo querían dar, y entonces nos empezaron a dar “hostias” como panes, sobre todo el chico alto. Debía saber kárate o algo así, porque repartía que no veas.

            – Pero, ¿ustedes no les atracaron con una navaja? Su amigo tenía una en la mano cuando estaba tendido en el suelo.

            – No, sólo les pedimos dinero, su señoría – mintió el desarrapado.

            – Bueno, da igual, siga por favor – le conminó la juez.

            – Vale, pues empezaron a pegarnos sin parar y yo me fui corriendo pensando que mi colega me seguía, y cuando me di la vuelta y no lo vi detrás de mí, volví a la esquina para ver dónde estaba. Me escondí detrás de un contenedor para que no me vieran y vi que el tío alto se iba, y mi colega estaba en el suelo. Entonces el otro empezó a darle pisotones a mi colega contra la acera. Cuando terminó y se fue, me acerqué para intentar ayudar a mi colega. Yo creo que estaba muerto, por lo menos no se movía, pero oí a la policía y me marché pitando. Tenía miedo de que me cogieran, como habrán comprobado, tengo muchos antecedentes.

            – ¿Está seguro de que no fue el chico alto el que le asestó a su amigo los pisotones en el suelo? Quiero que me diga la verdad – le ordenó la juez.

            – Segurísimo. Si creen que es el alto, se ha comido el marrón del otro. Fue el más bajito el que mató a mi colega cuando el grandón se marchaba. Lo vi perfectamente porque estaba a muy poca distancia.

            Cuando terminamos la declaración, la juez ordenó inmediatamente la detención de Rodrigo y yo pedí la inmediata puesta en libertad de mi cliente. Pablo fue absuelto de los cargos que le imputaban y a Rodrigo le condenaron por un delito de asesinato, ya que estimaron alevosía al estar la víctima en una situación de desamparo cuando estaba tendida en el suelo a merced de Rodrigo.

            Lo que yo intuía y ocurrió así, era que Rodrigo estaba enamorado de Noelia y tenía celos de mi cliente. Sabía que a Pablo le sentaba mal la combinación de alcohol y droga, y no era la primera vez que no recordaba nada después de una noche de excesos. Cuando los atracadores aparecieron, aprovechó la ocasión. Cuando Pablo inmovilizó a uno de los atacantes e hizo huir al otro, Rodrigo pisoteó con saña la cabeza del que estaba tendido en el suelo provocándole la muerte cuando mi cliente volvía con su novia. Todo ocurrió en pocos segundos, y cuando llegó la policía, Rodrigo mintió culpando a Pablo sabiendo que éste no se acordaría de nada, y así, deshacerse de él para tener vía libre con Noelia. Mente retorcida y psicótica para salirse con la suya, pero no se percató de que había un testigo que vio cómo ocurrió todo.

            ¿Qué hubiera ocurrido si ese testigo no existiera? ¿Si hubieran condenado a mi cliente por un delito que no cometió? Quiero creer que en las cárceles sólo están los culpables, pero no es cierto. Sé por experiencia que también hay inocentes que están allí por falsas acusaciones o por estar en el sitio equivocado en el momento equivocado. Y también sé que hay gente fuera que debería estar dentro. El sistema judicial no es perfecto, pero es lo que tenemos, y los profesionales jurídicos tenemos la obligación de que se imparta verdadera justicia, aunque a veces es difícil vislumbrarla.

 

 

 

 

 

 

“Contacto sangriento”: Película distribuida por Cannon Group.

 

 

 

 



Deja un comentario

*