26. DIES IRAE

            – Fallo que debo condenar y condeno a dicho Antonio Gabriel de Torres Zevallos, en la pena horrible de muerte, que se ejecute en forma de garrote y que después que haya fallecido, y pasado de esta presente vida su cadáver sea quemado con fuego material hasta que totalmente convertido en  cenizas, las que esparzan por el aire para que no quede memoria de sus abominables errores y para que tenga efecto mando, que el susodicho in continenti, desde este sitio, Plaza mayor, sea conducido en forma de justicia con Pregonero que publique su delito, por las Calles públicas acostumbradas, al campo que llaman el Marrubial extramuros de esta Ciudad.

            Así me leyó la sentencia el Alcaide mayor, después de haberme condenado el Tribunal eclesiástico por “judaizante, protervo, convicto, revocante y pertinaz”. Me pusieron el sambenito y la coroza con la imagen del fuego, ya que me habían condenado a la hoguera. Mi mente estaba en otro sitio. Me obligaron a renunciar a mi fe judía y alabar a nuestro señor Jesucristo si no quería morir quemado vivo. Por lo menos conseguí que me aplicaran el garrote antes de colocarme en la pira.

            Llegó un momento que un guardia civil me despertó alegando que quería verme el abogado que me habían designado. Cuando entró, le observé y descubrí que tenía un brazo de mentira, estaba manco. Me dijo que se llamaba Juan Antonio Medina y que iba a llevar mi asunto. Era un hombre moreno, vestido de forma extraña, afable y muy agradable. Me habían acusado de un delito de una pelea con no sé quién. Yo no sabía de qué me hablaba. Tuvo que ser un error. Me contó que me habían detenido por una pelea y por atentado a la autoridad. No entendía nada. Terminó y me dijo que descansara, que pasaríamos a disposición judicial enseguida. Volví a echarme en el duro banco que había en la celda y me encontré otra vez en aquella plaza donde me habían vestido de aquella forma burda.

            Comencé a dar vítores a Dios y a Jesucristo, renegando de mi condición de hebreo. A mi lado estaba mi madre y un matrimonio a los que también habían condenado a la hoguera por la misma herejía. ¡Voto a Dios que seguiré sus pasos y condenaré cualquier camino que no sea el seguir a nuestro señor Jesucristo! Gritábamos al unísono para que la jauría humana que allí se encontraba no nos atacara.

            La cabeza me daba vueltas, estaba en una nube. Me subieron a una mula que me conduciría a la pena capital, rodeado de soldados y monjes rezando por nuestras almas. ¡Gloria a Dios por la Santa Inquisición, que limpia nuestras almas de herejías y brujerías! En ese momento me desmayé y desperté sentado en una silla, frente a un señor que me dijeron que era el juez, a su lado el fiscal y a mi lado el tullido abogado que defendería mi inocencia.

            – Bien, – comenzó el juez después de leerme los derechos – está usted acusado por lesiones y atentado contra la autoridad. Al intervenir en la pelea que tenía usted con el denunciante, un agente de la policía resultó herido ya que usted la emprendió a golpes con él. ¿Qué tiene que decir al respecto?

            Yo no sabía de qué me hablaba. Estaba como drogado y no me enteraba de nada. No recordaba ninguna pelea ni nada de la que me contaron que había ocurrido. No sabía muy bien dónde estaba. Les comenté que no sabía qué es lo que me pasaba. Escuché a mi abogado que necesitaba un médico antes de que me desmayara de nuevo.

            Me encontré otra vez subido al sucio rucio, con las manos atadas por una gruesa soga y oliendo a pocilga. Mi madre estaba a mi lado, en otro jamelgo parecido. Se me cayó el alma a los pies al verla de esa guisa. No se merecía que por mi culpa ella fuera a tener la misma suerte.

            ¡Herejes, judíos! ¡El demonio hará cuenta de vosotros! ¡Fariseos! El populacho de Córdoba no sabía lo que decía. Veían estas ejecuciones como un espectáculo que les servía para sacar todo el odio que sentían. Nos tiraban hortalizas, palos y piedras. Una de ellas me golpeó la cabeza y solo recuerdo caer de mi cabalgadura y desmayarme.

            Cuando desperté de nuevo, me encontré en una cama blanda y blanca como la leche. Estaba rodeado de cables y tubos y estaba bajo los efectos de alguna sustancia que me habían administrado. Una mujer vestida de blanco se me acercó con una luz, me miró a los ojos y me preguntó cómo me encontraba. No pude responder, no era capaz de articular palabra. Se acercó también un hombre alto, con una bata blanca que me cogió de la muñeca y miraba atentamente un artefacto que tenía a mi lado. Le dijo a la mujer que me administrara no sé qué y que estuviera otras veinticuatro horas en observación. La señora se acercó a mí y sentí un pinchazo en el brazo; me dijo que no me preocupara, que me pondría bien, y que descansara. Se fueron y me dejaron solo. Sentí que mi mente volvía a perderse, mezclada con la otra realidad.

            Desperté de sopetón cuando me echaron un cubo de agua. La cabeza me iba a estallar. Me cogieron entre dos de los soldados que nos custodiaban y volvieron a subirme a la mula como pudieron. El camino hasta el cadalso se me hizo eterno. Se unieron a nosotros otros condenados en nuestra misma situación. Había mujeres que las habían condenada por brujería, otros por herejía como a mí, bigamia, moral sexual, luteranismo, en fin, delitos que estaban a la orden del día en esta época que nos tocó vivir. No escuchaba otra cosa que gritos de la plebe, lamentos de los condenados y perros ladrando. La coroza, ese capirote puntiagudo, se me caía constantemente, y no tuvieron otra idea que asírmelo a la cabeza con unas espinas clavadas a la piel. Sentí un dolor intenso que me hizo caer otra vez de la cabalgadura perdiendo el conocimiento de nuevo.

            Abrí los ojos asustado, y me tranquilicé cuando descubrí que estaba otra vez en aquella cómoda cama descansando. Llegaron  otra vez los de la bata blanca y me dijeron que ya estaba mucho mejor y me darían el alta en breve. Intenté hablar con ellos para explicarles lo de mis sueños, pero no pude, de mi boca no salió sonido alguno. Me dijeron que me sosegara y que descansara, y que tenía una visita. Llegó a mi lado aquel abogado tullido, Juan Antonio, para preocuparse por mi estado. No sé por qué pero no podía hablar. Me comentó que no me preocupara por el procedimiento, que estaría libre en cuanto me dieran el alta y ya nos citarían para juicio. Oí que hablaba con el de la bata blanca no sé qué de una enfermedad mental. En ese momento no sabía de qué me hablaba, y supongo que por los medicamentos que me administraban, dormí de nuevo, despertando otra vez en la pesadilla que estaba viviendo.

            Ya no sabía qué era realidad y qué sueño. Esperaba que todo terminara cuando me aplicaran el garrote, así podría despertar o dormir definitivamente. Llegamos a un sitio donde había una figura de nuestro señor con la cruz a cuestas. Me obligaron a bajar del jamelgo y me arrodillé rezándole por mi alma y la de mi madre, pidiéndole clemencia y que nos acogiera en su regazo. Volvía a subir y ya nos encaminamos a la Ronda del Marrubial, donde nos esperaban los braseros donde iban a ser quemados nuestros cuerpos. Solo de pensarlo, mi mente volvió a obnubilarse y volví a despertar en aquella cama.

            – ¿Cómo se encuentra, está mejor? – me preguntó la que llamaban enfermera. Le contesté que sí, que parecía que mi cabeza estaba asentándose. Me explicó que vendría enseguida el doctor para darme el alta y que podría irme en cuanto la firmara. Pero ¿dónde iría?, no sabía ni dónde me encontraba. Alguien tendría que explicármelo. Trataba de no volver a dormir, no quería tener ese sueño nunca más, era horrible y angustioso, pero mi mente no hizo caso, y de repente, sin saber cómo, uno de los monjes me despertó dándome tortazos en la cara.

            – No te duermas. Debes ver lo que te espera. Nuestro señor Jesucristo sufrió por nosotros, y tú ahora debes sufrir por él. – Me dijo el maldito.

            Casi al ponerse el sol, la procesión llegó a la Ronda del Marrubial. Allí estaban preparados los braseros para los condenados: cuatro pilas de madera de dos metros de alto, con un tablado en la parte de arriba de unos tres metros y medio por otros tantos, rellenos por debajo de troncos y ramas secas. Llegué besando cada escalón del tablado a la vez que iba rezando en voz alta. Al llegar arriba, levanto el crucifijo que me habían facilitado y empiezo a llorar y agradezco poder morir al amparo de la fe católica. Entonces el verdugo intenta besarme los pies, yo me caigo del tablón y me desmayo de nuevo.

            Despierto en una silla, aturdido. Tengo delante, al otro lado de la mesa al que dice ser mi abogado. Le pregunto que dónde estamos y él me explica con cara sorprendida que estamos en su despacho y que vamos a preparar el juicio.

            – No sé de qué me habla. No sé donde estoy. Le juro que yo no he hecho nada de todo lo que me están diciendo. No sé cómo explicarle lo que me pasa, pero es algo inusual. Estoy en el cadalso, estoy a punto de morir, y de repente me encuentro aquí. No entiendo qué quieren de mí.

            El abogado me mira circunspecto, no creyéndose lo que le digo. Me observa como a un loco, un enajenado, pero no puedo explicarle lo que pasa por mi mente. Ni yo lo entiendo. Se levanta y se acerca a mí. Me pregunta si me encuentro bien. Me pone una mano en el hombro y yo vuelvo a ponerme en manos de Morfeo.

              El Alcaide mayor y el Fiscal, que nos acompañaron durante toda la procesión, se sentaron en su sitio para contemplar el espectáculo. Me senté por mis medios en el patíbulo y me puse yo mismo el garrote, deseando que terminara todo de una vez. Quería despertar en el otro sueño, esperaba que todo concluyera. Mientras me lo colocaba al cuello, observaba los braseros recién encendidos donde estaban colocados ya los condenados a morir vivos en la hoguera. No podía soportar los aullidos de dolor que profesaban, y quise terminar cuanto antes. ¡Jesús, Jesús..!  Y la oscuridad total llegó, todo acabó aquí.

            Cuando terminé de leer aquel documento que me enseñó Gabriel, me quedé perplejo. Estábamos en una cafetería al lado del la Biblioteca Nacional. Me había citado allí para enseñarme este manuscrito.

            – ¿Qué es esto, Gabriel? Será una broma.

            – En absoluto, Juanan – me contestó -. Yo tampoco podía creerlo cuando lo descubrí. – Entonces comenzó a explicarme -. He venido a la Biblioteca Nacional porque estoy investigando para un proyecto sobre los condenados por la Inquisición Española, en concreto, la crónica del Auto de Fe y procesión de Antonio Gabriel de Torres Zevallos, en Córdoba, un condenado por herejía, por ser judío. Está bastante documentado, y los cronistas de la época describieron muy bien cómo padeció y murió. Pero entre toda esa documentación, descubrí este manuscrito que supuestamente lo escribió Antonio Gabriel de su puño y letra poco después de ser ajusticiado, y es de 1722.

            – ¡Eso es imposible! – dije estupefacto.

            – Sabes que yo no te mentiría, y no te diría una cosa si no supiera que es cierta.

             – Pero, ¿por qué estás investigando esta historia? Si tu oficio no tiene nada que ver con esto. – Gabriel era físico experimental y no entendía qué coño tenía que ver esta historia con su trabajo.

            – Ya, no tiene nada que ver, pero me apasiona la historia, ya lo sabes – continuó -. Me gusta buscar historias curiosas de nuestro pasado, y ésta, no me digas que no es intrigante -. Lo que me turba es a quién conoce en su supuesto sueño. ¿No te suena el abogado que le asiste?

            – Eso es lo que más me asusta – dije -.

            – Atendiste a este cliente, ¿verdad? – me preguntó.

            – Sí – respondí -. Hace como tres años me enviaron a asistir a este hombre, y si recuerdo bien, creo que por una pelea, pero era una persona muy rara. Tenía alucinaciones, y en el hospital, creo recordar que le diagnosticaron una esquizofrenia paranoide. Estaba indocumentado y no tenía domicilio conocido. No se presentó al juicio, le pusieron en busca y captura para que se personase pero nunca más se supo. Le perdí la pista. Ahora me enseñas este documento y estoy alucinando. Claro que será él, por lo que cuenta. Pero es imposible que sea de aquella época.

            – Pues sí, yo tampoco puedo explicarlo. Hay personas que, efectivamente, sufren paranoias y ven cosas que no existen. Pero esto es muy extraño. Primero por la época, es muy difícil falsificar un documento como éste, estoy casi seguro de que es del siglo XVIII; segundo, si es falso, ¿cómo ha llegado hasta aquí, hasta la biblioteca, con todos los mecanismos que tienen para comprobarlo?; y tercero, ¿qué motivo habría para falsificar esto?, no logro comprenderlo. Y encima aparece tu nombre y tu aspecto, esto no es casualidad. Esto escapa a mi intelecto. ¿Sabes lo que son “ooparts”?

            – No, ni idea.

            – Imagínate que vives en la época de los romanos, y de repente te encuentras una bujía de un coche. Son objetos modernos encontrados en la antigüedad y no tienen explicación. Los científicos tienen muchas teorías, pero sólo son eso, teorías y ninguna concluyente. Esto debe ser una especie de “oopart” lleno de misterio. Es lo único que se me ocurre.

            – Bueno, has conseguido que deje de dormir por las noches durante una buena temporada – le dije medio en broma.

            – No te preocupes, continuaré con la investigación. Veré si me dejan sacar el documento original para estudiarlo más detenidamente en mi universidad. Tenemos medios para ver exactamente de qué época es el papel, pero te adelanto que seguramente no saque nada nuevo. Toma, quédate con una de las copias y le echas otro vistazo.

            Nos despedimos y nos fuimos cada uno por su lado. No supimos desvelar el misterio, yo por lo menos; de momento…

 

 

 

» Dies Irae»: Película producida por Palladium Productions.



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