42. EL LEGADO

        La soledad del abogado. Esa compañera sempiterna que nos acompaña en todos los momentos y lugares, a veces indulgente pero en la mayoría de las ocasiones ladina y malévola. Mi sensación particular es la huida constante de la apisonadora judicial que está a punto de aplastarme y en el último momento encuentro un resquicio por el que escapar y logro vencerla in extremis. Siento muchas veces que no tengo nada a favor, ni el juez, ni el fiscal, ni el letrado de la parte contraria, y en varias ocasiones, ni el propio cliente. Todos tratan de machacarme a sabiendas de que esa soledad me embarga, como ese solitario David contra Goliat que, al contrario de lo que se piensa, lo habitual es que sea el gigantón el que vence al pequeño israelita. Pero la mayoría de las veces los letrados tenemos un as en la manga. Cuando parecemos derrotados lanzamos la honda con la pequeña piedra que golpea certeramente en la cabeza del enorme filisteo. Pero no siempre sale bien. Unas veces estamos en la parte gloriosa y en otras ocasiones en la zona humillada. No siempre obtenemos el triunfo en la batalla, pero nos queda el consuelo de haber realizado bien nuestro trabajo.

            Ese día salí del juzgado embargado por esa solitud después de una amarga derrota en un juicio complicado, pero quedé con dos compañeros de profesión para comer y esperaba superar el día en su compañía. Gabino y Emilio eran dos tíos cachondos que conocí en un curso de Derecho Penitenciario que se impartía en el Colegio de Abogados. Entablamos una grata amistad y quedábamos ocasionalmente cuando nuestras agendas nos lo permitían. Contábamos nuestras batallitas y pasábamos un rato agradable entre gélidas cervezas y el menú diario de un castizo bar a dos calles de los juzgados. Y así, entre risas y, a veces, amarguras, nos animábamos unos a otros. No escatimaban en copas después de la suculenta pitanza, pero tenían buen beber. Se les soltaba la lengua en demasía y me hacían mucha gracia, sobre todo Gabino, un hombre que sobrepasaba con creces la cincuentena, con aspecto bonachón y simpático a más no poder. Este hombre nos narraba con mucho donaire sus locas andanzas en los juzgados y casos curiosos que le habían ocurrido, aunque era un poco fanfarrón y no nos creíamos mucho sus locas peripecias, pero nos lo pasábamos en grande.

            Después de unas cuantas copas, y muchas risas, Gabino comenzó a narrarnos una extraña historia de la que fue partícipe y que nos dejó a cuadros a Emilio y a mí. Pero la contó con una seriedad tan nada característica en él que al final no supimos discernir si era real o no, si nos estaba tomando el pelo o, por el contrario, era totalmente sincero.

            Resulta que Gabino tenía un buen cliente, Jonás, un hombre de mediana edad que tenía una pequeña empresa y le hacía la contabilidad, impuestos, etc, y a su vez, si tenía cualquier problema jurídico, pues también se lo llevaba. En una ocasión, apareció en su despacho con una carta remitida por una notaría de Lugo, en la que se decía que era legatario de unos bienes y que se pusiera en contacto con dicha notaría. El cliente llamó y le comunicaron que un hermano de su madre que hizo fortuna en Brasil había muerto habiendo otorgado testamento del cual era uno de los beneficiarios, y quedaron en que se acercaría a Galicia cuando pudiera para revisar la documentación y sopesar las condiciones de dicho testamento. Jonás le pidió a Gabino que le acompañara como su letrado para ver si todo era correcto. No podía decirle que no, así que llegado el día, después de comer, mi amigo echó un cambio de ropa impoluto en el “trolley” para la ocasión y ya estaba su cliente esperando en la puerta de su domicilio con el coche. Pasarían allí la noche, en Viveiro, puesto que el notario les había citado allí, en su despacho, y después se acercarían a una aldea cercana donde se encontraba el supuesto bien inmueble que había heredado.

            Cliente y letrado tenían cierta amistad, ya que llevaban tiempo con su vinculación laboral y su relación era cordial. Gabino le pidió que le pusiera en antecedentes y Jonás le explicó que no conocía apenas a su tío. Emigró a Brasil cuando él era muy pequeño y casi no se acordaba de él. Supo que le iba bien y le enviaba dinero a su madre pero no volvió más. Gracias a eso él pudo estudiar y ser un hombre de provecho. Su madre ya era muy mayor y había perdido un poco la cabeza. Tenía contratada una mujer para que la cuidara en su domicilio, no quería marcharse de su casa, y Jonás iba en sus ratos libres a echarla una mano. No tenía hermanos por lo que tenía que apañarse como podía, gracias también a su mujer y a sus hijas adolescentes que le ayudaban en lo que podían.

            – No conocí a mi padre. Mi madre me dijo que nos abandonó cuando yo era pequeño, así que le estaré agradecido a mi tío por todo lo que hizo por nosotros. Nos enviaba bastante dinero todos los meses, y pudimos vivir bien. – El abogado notó los ojos húmedos de Jonás al decirlo.

            Gabino le preguntó si su familia era de Galicia, ya que supuestamente los bienes inmuebles estaban situados en aquella aldea a la que se dirigían. Jonás le contestó que sí, que suponía que se trataría de la vivienda familiar, pero que su madre no le contó casi nada. Parecía que la mujer quería borrar de su mente cualquier rastro del pasado. Nada más nacer él, se vinieron a Madrid y allí se instalaron hasta hoy.

            – Y yo sé que soy gallego porque así lo estipula mi certificado de nacimiento, pero nunca se me ocurrió indagar en mis orígenes. Viendo lo mal que lo debió pasar mi madre, no me interesé en ello.

            Siguieron charlando hasta que llegaron a su destino. Reservaron una habitación doble con vistas a la preciosa ría de Viveiro. Se acomodaron y salieron a cenar un sabroso caldo gallego y unos chicharros exquisitos, todo regado con un estupendo godello. Mientras cenaban, Jonás recibió la llamada de un oficial de la notaría para quedar antes con él en la aldea donde se encontraba la finca heredada, explicando que el notario quería que viera primero el inmueble antes de firmar, para ver si le convenía o no, y que le explicaría unas cuantas cosas sobre lo que su tío había querido hacer. Y así quedaron. Tras la opípara cena quisieron dar un paseo por la pequeña ciudad costera pero el tiempo era desapacible, así que decidieron volver al hotel a descansar.

            Se levantaron temprano, casi al amanecer. Gabino se puso su traje y Jonás también se vistió elegantemente. Desayunaron en el hotel y marcharon hacia aquel insospechado lugar donde les citó el oficial de la notaría el día anterior. El GPS les guiaba hacia el interior, por una carretera inhóspita, atravesando bosques de grandes eucaliptos y grandes valles. La aldea a la que se dirigían estaba a unos cuarenta kilómetros, y el viaje se les hizo eterno. La carretera estaba en muy mal estado, estrecha y con curvas imposibles. Cuando llegaron a la aldea, el navegador les señaló que debían coger un desvío hacia un valle cercano, una “pista” de tierra que dejó los bajos del coche llenos de polvo. La siguieron durante unos cuatro kilómetros, terminando dicho camino en una gran valla de hierro forjado. Entraron en la finca por una gran entrada escoltada por dos grandes hojas de metal enrejada y llegaron a un pequeño solar al pie de una gran casona solariega que parecía regentada por las “meigas”. Aparcaron a un lado y observaron que todo se encontraba muy mal conservado. La gran finca estaba plagada de malas hierbas y arbustos intrascendentes. La casa de grandes piedras era enorme y estaba invadida por la humedad y se notaba el paso del tiempo y el poco o nada mantenimiento. El chirimiri les estaba calando y notaban la humedad hasta en los huesos, así que se apresuraron a resguardarse bajo el imponente porche de la entrada. No vieron ningún otro coche aparcado, así que pensaron que no había llegado todavía nadie, pero aún así llamaron a la puerta. Para su sorpresa les recibió un hombre joven muy alto, de tez oscura, se presentó como Benicio y les invitó a pasar. Les sorprendió la grandiosidad de la estancia, con la elegancia añeja que el paso del tiempo había impregnado, que transmitía solidez y a la vez nostalgia de tiempos mejores. Les invitó a pasar a otra habitación que en su día fuera biblioteca y despacho, donde les esperaba otro hombre joven, también muy alto, trajeado y muy elegante. Se presentó como el oficial de la notaría, Santiago, y les recibió muy afablemente. Les invitó a sentarse frente a un gran escritorio de maderas nobles que había vivido mejores tiempos, pero que el oficial había preparado para la ocasión. Tras las presentaciones, el empleado de la notaría les explicó.

            – Este es el pazo que su tío quiso legarle. El notario quiso que se lo enseñara para que se haga una idea de lo que es. Verá, su tío Yago se dedicó al negocio hotelero en Bahía, una zona muy turística de Brasil, y le fue muy bien. No es que hiciera un gran imperio pero se convirtió en un empresario de éxito. Hizo una fortuna importante y hace muchos años se encaprichó de este pazo y lo compró. Su sueño era volver a sus orígenes y transformar este impresionante pazo en un hotel rural de lujo, y esa es la condición: si usted accede a quedarse con él, deberá realizar su sueño, que es convertir esto en un hotel, eso sí, también ha dejado una suma importante para que pueda realizarlo, así que puede pensárselo y decidirlo más adelante, no tiene por qué ser inminente. De todas formas, ahora, cuando se acerquen a la notaría, el notario se lo explicará con más detalle. Ahora, si no les importa, les enseñaré el resto.

            Salieron de la habitación y el oficial les mostró todo explicándoles con detalle todo lo que allí se encontraba y haciéndoles ver las posibilidades de negocio, que estaba en auge en esos momentos. También les explicó que Benicio se acercaba de vez en cuando a echar un vistazo a la finca, para evitar que la saquearan, pero se notaba su deterioro a pesar de todo.

            – No sé los detalles – continuó Santiago -, pero su tío parece ser que estaba muy interesado en que usted continuara con su legado, con su proyecto. Yo veo muchas posibilidades, pero entiendo que sería un cambio importante en su vida, aunque puede delegar el negocio, nosotros le ayudaríamos, pero eso depende de usted, claro.

            Cuando terminaron, Jonás les invitó a acercarles a la ciudad, pero el oficial declinó la proposición, se excusó diciendo que todavía tenían cosas que hacer allí y que en un rato les irían a buscar. Se despidieron y se encaminaron a la notaría de Viveiro donde habían quedado con el notario. Una vez allí, les hicieron pasar a un despacho muy elegante donde se sentaron y esperaron un momento hasta que entró el notario con una abultada carpeta. Se presentaron y Roberto Merino, que así se llamaba el adusto señor, les expuso de forma más detallada lo que el oficial ya les explicó. Jonás le preguntó si sabía cómo murió su tío. Roberto le dijo que, por lo que él sabía, hubo un incendio en su casa y fallecieron su mujer y él, y alguno de sus empleados que trabajaban en el condominio donde vivían. Ya era mayor, pero estaba muy bien de salud y seguía al frente de sus negocios, que heredarían sus hijos, los primos de Jonás, pero Yago Gil quiso que él se quedara con este pazo y con una suma muy importante para reconstruirlo. Una vez hubieron terminado y Gabino hubo examinado toda la documentación y viendo que estaba todo correcto, el notario les invitó a conocer la finca.

            – Pero si ya la hemos visto, su oficial, Santiago, nos la ha enseñado hace un rato.

            El notario se quedó extrañado ante la afirmación de Jonás, y quiso que le explicaran lo sucedido. Le contaron que dicho oficial les llamó la noche anterior para acercarse temprano a la finca antes de ir a la notaría y así lo hicieron.

            – No entiendo lo que ha pasado, pero yo no tengo ningún oficial trabajando aquí que se llame Santiago, y no he dado ninguna orden para que fueran antes a ver el pazo. Además, la finca hace muchos años que está abandonada y no hay ningún guarda que vaya a cuidarla. Supongo que habrán sido objeto de alguna broma, porque no tiene sentido. Sólo nosotros tenemos las llaves de entrada, tanto de la gran verja de entrada como de las puertas de la casona, por lo que me extraña que pudieran entrar fácilmente. Investigaremos lo sucedido.

            Se quedaron un poco sorprendidos ante las declaraciones del notario, tratando de entender qué interés tenían aquellas personas en el pazo, pero no llegaron a ningún discernimiento claro. Mi amigo y su cliente tenían ya ganas de partir hacia Madrid, así que decidieron no volver al inmueble, puesto que ya lo habían visitado y quedaron con el notario en pensar lo que harían con el suculento legado, Jonás tenía que madurarlo con su familia.

            Pasados unos días Gabino recibió una llamada de su cliente: quería quedar urgentemente con él ese mismo día si fuere posible. Suponía que quería concretar el tema de la herencia de su tío y estudiar el siguiente paso a seguir. Lo citó para esa misma tarde y cuando le hizo pasar a su despacho notó en su semblante una cierta intranquilidad que no era habitual en él.

            – He estado hablando con mi madre – comenzó Jonás -. A pesar de su incipiente demencia, me ha contado cosas, que… no puedo creer todavía.

            Jonás no paraba de moverse en su silla. Miraba a mi amigo con ojos desorbitados, a punto de llorar.

            – Mira – sacó una foto que le mostró a su abogado -. Me la enseñó mi madre cuando le conté todo lo que nos pasó en Galicia.

            – Pero si parecen… si éstos son…

            Mi amigo no podía articular palabra al observar a aquella imagen de la foto.

            – Sí, sí, son – contestó Jonás ante la sorpresa de Gabino -. No me digas cómo pero son. Mi madre se derrumbó al contarle lo que nos pasó en el pazo. Me contó un montón de cosas que todavía estoy asimilando. Verás. Te conté que mi padre nos abandonó cuando yo nací, y que mi tío emigró a Brasil, y nos enviaba bastante dinero todos los meses, suficiente para vivir dignamente. Resulta que junto con el dinero, enviaba siempre una carta dirigida a mí que mi madre nunca me enseñó. Tenía guardadas en el arcón unas quinientas, así que comencé a leerlas. No eran de mi tío, eran de mi padre.

            Los ojos de Jonás estaban vidriosos, a punto de soltar las lágrimas que mantuvo tanto tiempo retenidas. Su madre, Sabela, le narró todo lo que había ocultado a su hijo con el convencimiento de que era lo correcto entonces. La familia de Yago, su padre, no su tío, era dueña de aquel fabuloso pazo, y era una importante familia de la comarca. Tuvo la buena o la mala suerte de enamorarse de la criada, así que tuvieron una tórrida historia de amor de la que nació Jonás. Los padres de Yago no podían permitir esta relación, por lo que le obligaron a dejar a Sabela, y así lo hizo. Sabela no le perdonó que la abandonara, que no luchara por su hijo y por ella, así que se fue de allí y se instaló en Madrid, con unos familiares. Yago, lleno de remordimientos, dejó a su familia y quiso volver con la madre de su hijo, pero ella estaba tan dolida que no quiso saber nada de él, ni siquiera puso a su hijo el apellido del padre. Supo que se fue a Brasil a probar fortuna, dejando todo en España, y empezar una nueva vida. Sabela le dijo a Jonás, cuando fue creciendo, que tenía un tío en Brasil que les ayudaba. A Yago le fueron bien los negocios e hizo una importante fortuna. También formó allí una familia, pero no se olvidó de su hijo: todos los meses, junto con el dinero, le enviaba una emotiva carta que Jonás nunca llegó a leer, hasta ahora. Eran tantas que le costaría una temporada ponerse al día.

            – Son cartas de mi padre, diciéndome que no me olvida, que me quiere, y que algún día estaremos juntos. – Dijo Jonás llorando como un niño.

            Gabino se levantó y abrazó a su amigo. También estaba acongojado y acojonado por la situación. Estuvieron así un rato hasta que se calmaron. Mi amigo le preguntó a Jonás qué pensaba hacer con el pazo, que contara con su ayuda si quería aceptar el legado.

            – Voy a aceptarlo. Es lo único que me queda de mi padre y quiero seguir su sueño, que ahora es el mío también.

            La foto era una imagen antigua, muy deteriorada, en blanco y negro que mostraba la imagen de un hombre joven, vestido con un traje claro y un sombrero Panamá del mismo color. A su lado otro hombre alto, mulato, también joven, con ropa bahiana típica de aquella comarca brasileña. Parecía su sirviente. Esta foto se la envió su padre en una de las cartas que le remitió, que su madre no le enseñó. Su madre le aseguró que era de su joven padre, recién llegado a Bahía, con su nuevo amigo y socio bahiano, con el que fundó su pequeño imperio hostelero. Jonás suponía que este socio también murió en el incendio. La foto era la de Santiago y Benicio, el oficial de la notaría y el guardés que les enseñaron el pazo cuando llegaron al mismo, y así les identificaron Gabino y Jonás en cuanto vieron aquella fotografía, y de ahí su estupor e incredulidad. “Yago” en una de las formas más antiguas en español de las que hoy llamamos “Santiago”, el nombre del falso oficial.

            Cuando Gabino terminó de contar aquella fantasmagórica historia, sonrió maliciosamente y supimos que nos estaba tomando el pelo, pero cuando terminamos de reír, observé en sus ojos aquella profunda mirada que mantenía en lontananza, signo de amargos recuerdos que le venían a la mente en ese corto instante.

 

 

 

 

“El legado”: Película distribuida por Vellavisión.

 

 

 

 

 

 



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