36. PERFECTOS DESCONOCIDOS

            Cuando estoy saturado de trabajo, necesito un pequeño respiro y lo que hago es bajarme a la plaza, sentarme en un banco y ver la gente pasar. Me relaja imaginarme e inventarme sus vidas en unos segundos, y seguramente me equivoque con algunos, pero estoy convencido de que con la mayoría de ellos acierto. Con los años que llevo ejerciendo y con la de personas que he conocido de toda calaña y condición, he desarrollado un sexto sentido adivinatorio y percibo por dónde me van a venir. Sé cuándo me ocultan algo y cuándo son sinceros, y no sé por qué, y no es por dármelas de listo, pero casi todos terminan diciéndome la verdad tras una breve charla con ellos.

            Las guardias del turno de oficio, no es que estén muy bien pagadas, pero menos es nada. La guardia te la pagan te llamen o no te llamen, y si tienes algún caso, te lo abonan aparte, por procedimiento. No sé por qué, pero ese sábado de guardia tenía la intuición de que no me iban a llamar, así que fui con mi mujer, Dalia, a realizar unas compras al centro comercial. Comimos allí y comprobé que la intuición tenía que fallarme alguna vez, ya que cuando nos estaban sirviendo la deliciosa tarta de queso recibí la llamada del Colegio de Abogados. Se chafó el plan, pero el trabajo es el trabajo, y, por qué no decirlo, el dinero viene bien. Menos mal que la guardia la tenía en Torrejón, y tardaría poco, o por lo menos eso pensaba. Terminamos de comer, dejé a Dalia en casa, y me dirigí a la comisaría. Cuando llegué, me hicieron pasar a la sala de espera. Al cabo de unos quince minutos apareció un agente de paisano preguntando por mí. Me presenté y me puso en antecedentes.

            – Su cliente está muy alterado, aunque no es la primera vez que le detienen, así que si lo tiene por conveniente, hable primero con él y luego pasamos la declaración. Tenga el atestado para que le eche un vistazo y cuando esté listo, me avisa y comenzamos.

            Le di las gracias y me sorprendí, ya que normalmente, y a pesar del cambio de normativa en cuanto al acceso del atestado policial (Ley Orgánica 13/2015 de 5 de octubre), la policía era reacia a facilitar el atestado a los letrados, y no te lo dejaban hasta que insistías bastante, y aún así, te ponían problemas, pero era su obligación y forma parte de la expresión del derecho fundamental a la asistencia letrada al detenido. Al revisar el atestado, Rubén, que así se llamaba el chico, había interpuesto una denuncia por robo con violencia e intimidación. En la misma, relataba que en cierta calle, esquina con otra, a una hora concreta había sufrido un atraco a punta de navaja y le habían sustraído la cartera y el teléfono móvil, dando una descripción del atracador bastante detallada. El juzgado lo archivó por falta de pruebas pero la casualidad y la mala suerte hizo que la policía aportara un informe que explicaba que, según las cámaras dispuestas en ese lugar concreto, a la hora en la que supuestamente se produjeron los hechos, no hubo atraco alguno, revisándolo una hora antes y otra después, por lo que detuvieron a Rubén por un delito de denuncia falsa.

            Entré a calabozos para ver al chico. Me encontré con un muchacho joven, de veinte años, con aspecto enfermizo, bajito, muy delgado y demacrado. Me recordaba mucho a Joselito, el niño prodigio  de los 50` y 60` en su época decadente. Estaba sentado, cabizbajo. Me senté junto a él, me presenté y se puso a llorar. Intenté tranquilizarlo, y cuando lo hizo, empecé a preguntarle sobre lo sucedido y me contestaba con monosílabos.

             – A ver, Rubén – le comenté. – Le están imputando un delito, que no siendo muy grave, puede tener consecuencias, incluso ir a la cárcel si tiene antecedentes, así que más le vale que me cuente la verdad para poder defenderle en condiciones.

            Mi cliente se calló y no hacía más que hipar entre lágrimas. Estuvimos unos minutos en silencio hasta que se calmó un poco y comenzó a decirme que le habían pillado pero no tuvo más remedio que hacerlo, no quería disgustar a su familia, pero de ahí no le sacaba. Le asesoré que no declarara en comisaría y que lo hiciera en el juzgado. Estaría esa noche en el calabozo y pasaría a disposición judicial al día siguiente. Así se lo expliqué y volvió a sollozar. Le calmé explicándole que cuando termináramos en el juzgado le pondrían en libertad. Me avisó de que su madre seguramente estaría fuera, esperando noticias, ya que la policía le comunicó la detención de su hijo. Me permitió hablar con ella, contarle lo sucedido, y cuando terminamos la declaración y Rubén volvió a calabozos, me encontré con su madre a la salida de comisaría. Tendría más o menos mi edad, con la misma pinta que su hijo, enjuta, ajada, parecía mucho más mayor, con ropas viejas aunque limpias. Se notaba en su rostro que había tenido una vida dura. Me presenté y me dio la mano, preocupada. Enseguida me preguntó cómo estaba su hijo.

            – Su hijo está bien, muy nervioso, pero creo que he logrado tranquilizarlo un poco. – Le expliqué por qué estaba detenido y le pregunté si sabía algo más.

            – No entiendo por qué lo ha hecho – me explicó -. Nos dijo que le habían robado en la calle antes de subir a casa y nosotros le animamos a que pusiera la denuncia en la policía, y de hecho le acompañamos a hacerlo. La verdad es que le vimos nervioso, supongo que por el encontronazo que tuvo con el atracador, aunque usted dice que no hubo atraco, que se lo inventó…

            – Sí, eso es lo que me ha dado a entender, pero sé que oculta algo. Espero que se aclare mañana. ¿Usted no sabe nada más? – le pregunté.

            – No – contestó -, el pobre ha tenido una vida complicada. Su padre nos abandonó cuando era pequeñito. Nació con problemas de salud y se desentendió completamente, y un día se marchó sin decir palabra, y nada más se supo. Me puse a trabajar en lo que pude y gracias a mi padre, que vivimos con él y nos ayuda con la poca pensión que gana. Una pena, la verdad.

            Le comenté que el policía me dijo que no era la primera vez que le detenían. Resopló, bajó la mirada y me contó:

            – Hace dos años su abuelo y él tuvieron una discusión muy fuerte, la convivencia entre los dos es difícil, y llegaron a las manos. Una vecina que se encontraba allí en ese momento se puso nerviosa y llamó a la policía. Le detuvieron, hubo un juicio, y condenaron a mi hijo a trabajos en beneficio de la comunidad y tuvo que estar alejado quinientos metros de mi padre durante un año. Tuvimos que alquilar un piso para irnos a vivir durante ese tiempo, alquiler que nos pagó mi padre. Lo pasamos muy mal, pero bueno, ya pasó, pero ahora no sé por qué hace esta tontería, no entiendo por qué nos dijo que le robaron si no es cierto. Algo nos oculta, y no sé qué es. Por favor, ayúdelo.

            Le prometí que haría lo que estuviera en mi mano, pero Rubén tenía que poner de su parte, contarme realmente lo sucedido. Me despedí de la mujer hasta el día siguiente. Llamé a la guardia para ver si había algo más y me comentaron que la cosa estaba tranquila, y que tenía al compañero delante, por lo que, por la hora que era y la situación, lo más seguro es que no me llamaran más, así que fui a buscar a mi mujer y fuimos al cine a ver la última de Álex de la Iglesia, muy interesante como todas las de este gran director.

            A las nueve en punto de la mañana ya estaba en el juzgado. Me gusta ir temprano aunque tenga que esperar, que es siempre, y más cuando es domingo, que el juez tarda un poquito más en llegar. Allí estaba la madre de Rubén. Al chico lo trajeron pronto y bajé a los calabozos del juzgado una vez me hice copia del expediente y me dispuse a hablar con él. Estaba un poco más tranquilo a pesar de no haber pegado ojo. Le expliqué cuál era el procedimiento a seguir y las consecuencias que podrían acaecer. Le tranquilizó el saber que los antecedentes penales estaban cancelados y era consciente que debía afrontar este nuevo reto que era salir lo mejor posible de esta circunstancia provocada por él mismo.

            – Bien, Rubén. Su madre está fuera esperando, está preocupada por su situación. Me ha contado más o menos lo que le ha pasado en la vida y lo que quiere es su bien, no les importa por qué lo ha hecho, pero debe decirme la verdad para poder defenderle lo mejor posible. Sé que me oculta algo, por no decir todo, y sé que es por evitar hacer daño a su familia, pero más daño la hará si no pone todos los medios para esclarecer la verdad, y todo empieza diciéndome lo que ocurrió realmente. Le garantizo que su familia le quiere y lo seguirá haciendo a pesar de todo, así que, desembuche.

            Yo imaginaba por dónde iban los tiros, o por lo menos parte, el chico no podía disimular su condición, y no tenía por qué. La historia que me contó a continuación parecía sacada de un guión de los hermanos Coen y Pedro Almodóvar juntos.

            – Es consciente de que debe contarlo en la declaración, y su familia debería saberlo, y así también se quita una pesada losa de encima. – Le aconsejé. – Hablaré primero con la fiscal, le contaré su situación y veremos si le acusa por un delito leve, que si se conforma con el escrito de acusación, se quedaría en una pequeña multa, pero primero debemos pasar la declaración.

            Al chico se le veía compungido, pero animado a contar la rocambolesca historia que me confesó. Yo estaba convencido de que le vendría muy bien quitarse los miedos, pero era un paso muy importante y yo entendía que era muy duro y difícil para él narrar lo ocurrido realmente, no por los hechos en sí, sino el disgusto que él pensaba que se iba a llevar su familia.

            Pasamos la declaración ante el juez y la fiscal, que se quedaron también un poco sorprendidos. Escucharon el relato sin hacer preguntas en un principio, pero cuando terminó, sí que se interesaron por ciertas características de la persona de la que hablaba Rubén. Esas preguntas me extrañaron. Cuando terminamos, ella misma quiso hablar conmigo junto con el juez. Entramos los tres al despacho de éste y me comentaron que no iban a acusar a Rubén, él había sido una víctima más de un desaprensivo del que iban detrás de él hace tiempo. Hablarían con la policía judicial para que siguieran investigando este suceso y tendría que ir a comisaría, preguntar por cierto inspector para que Rubén le facilitara toda la información que necesitaba para continuar con las pesquisas. El Juez emitió un auto por el que se archivaba la causa contra Rubén y le conminaron a que colaborara con la policía para poder solucionar el caso. Cuando le soltaron y se encontró con su madre, se fundió con ella en un abrazo con lágrimas en los ojos.

            – Mamá, tenemos que hablar.

            – Si me quieres decir lo de tu condición sexual, no te preocupes, hace tiempo que lo sé. Eres mi hijo y te conozco muy bien, y lo único que quiero es que seas feliz, lo demás no me importa.

            Rubén se sorprendió por la cálida reacción de su madre. Se despidieron de mí y en casa tuvieron una larga conversación.

            Hay ciertas páginas de internet y aplicaciones de móvil con las que puedes contactar con otras personas de tu entorno para tener relaciones, ya sean de amistad, amor o sexo. Rubén era usuario de este tipo de páginas, y utilizaba una en concreto muy famosa entre las personas homosexuales para encontrar sexo rápido. A estas aplicaciones accede todo tipo de personas, incluso delincuentes que buscan víctimas para cometer robos, abusos y otros delitos de distinta índole. En un momento dado, Rubén contactó con un chico, Darío. Tras una breve charla por el chat privado de la aplicación, Rubén fue tan ignorante que le facilitó información privilegiada, como que su familia no sabía que era gay, que trabajaba y tenía unos ahorrillos, que era muy joven e inocente, así se describía en el chat, y más detalles que el otro supo aprovechar. Quedaron en la puerta de un céntrico hotel de Madrid. Cuando Rubén vio a su cita, se le salían los ojos de la cara, era alto, fuerte, con unos profundos ojos negros y guapo a más no poder. Se presentaron, se dieron dos besos y Darío encandiló a su víctima con su don de gentes y simpatía. Rubén estaba en una nube, pagó la habitación y subieron desatando su pasión en el ascensor.

            Una vez dentro de la habitación, Darío cerró la puerta con llave, cogió a Rubén de la pechera, creyendo éste que era un juego sexual, y le obligó a desnudarse, entre insultos homófobos. Le ordenó que se pusiera a cuatro patas, y de repente, sin saber de dónde la sacó, le apuntó con una pistola y le obligó a realizar todo tipo de vejaciones mientras recibía insultos y amenazas. Rubén estaba aterrorizado y no pudo hacer otra cosa que resignarse y obedecer sus instrucciones para mofa de su agresor. Pasada media hora que se hizo eterna, humillado y dolorido, y lo peor, con la incertidumbre si iba a morir o no, Rubén fue víctima del robo de la cartera y el teléfono, y el atacante se marchó por donde había venido. El muchacho cogió su ropa esparcida por el suelo y se arrinconó en posición fetal contra la pared, llorando y gimiendo como un niño al que habían castigado. Al rato se incorporó, se sentó en la cama mientras se enjugaba lágrimas y mocos, y cerró inmediatamente la puerta. Se duchó sintiéndose la persona más sucia del mundo y se arregló lo mejor que pudo. Salió del hotel y se dirigió a casa pensando qué le iba a decir a su madre. No quería que se enterara de lo que había pasado ni de su condición sexual, todavía no había salido del armario. Así que se le ocurrió la idea de decir que le habían atracado en la calle y así lo hizo. Darío utilizó durante un tiempo la tarjeta de Rubén hasta que éste la capó, pero le hizo un buen desfalco.

            Seguí el caso de cerca, y pillaron al tipo. Por supuesto que no se llamaba Darío. Era un conocido delincuente que se aprovechaba de este tipo de páginas, homófobo, ladrón y psicópata. Era un sociópata sin remordimientos que odiaba a los homosexuales y que encandilaba a chavales vulnerables para humillarles y robarles. Un policía se hizo pasar por un chico de las mismas características y el maleante cayó en las redes.

            No volví a ver a Rubén ni a su familia. Lo que sí me encontré un día al llegar al despacho, era un paquete envuelto con papel de regalo y un sobre.

            – Llegó ayer por la tarde – me confirmó Matilde. – Es de un tal Rubén.

            Cogí todo, y entré a mi despacho. Desenvolví el paquete y me encontré con una corbata anaranjada muy bonita, el chico tenía mejor gusto que yo. Abrí el sobre y observé que era una carta manuscrita y me dispuse a leerla. Decía así:

            Estimado letrado:

            Su corbata me pareció desde el primer día horrorosa, así que me he permitido hacerle un presente para mejorar su aspecto. He empezado a trabajar en una tienda de ropa de caballeros y he elegido esa corbata con todo mi cariño.

            Quiero darle las gracias, en principio, por hacer bien su trabajo e involucrarse tanto conmigo. En parte he podido salir del armario gracias a sus palabras, y tengo que confesar que me he quitado un gran peso de encima. Mi madre ya lo sabía, y mi abuelo lo ha aceptado sin problemas. Quieren lo mejor para mí y su cariño es lo que más me ayuda. Ahora soy feliz, tengo que aprender todavía a aceptarme tal y como soy; tengo presente que primero tengo que hacerlo yo para que los demás me acepten y respeten, pero poco a poco, nadie dijo que fuera fácil.

            En segundo lugar tengo que darle las gracias por no juzgarme. En los demás siento ese rechazo y ese moralismo que tanto daño ha hecho y hace en esta sociedad, pero su mirada era limpia y llena de ternura. La vida me ha hecho reconocer las miradas y sé que la suya era auténtica y sin juicios, por lo que me he sentido muy bien a su lado, lo notaba como un amigo que no dudaba en ayudarme.

            Y en tercer lugar, le daré las gracias si se pone la corbata que le he regalado, de verdad que la suya es feísima, hágame caso.

            Bueno, sin otro particular, y agradeciéndole todo lo que ha hecho por mí, me despido de usted con un hasta pronto, nunca se sabe.

 

            Rubén.

 

 

 

 

“Perfectos desconocidos”: Película producida por Telecinco Cinema y Nadie es Perfecto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



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