37. LA LARGA NOCHE DE LOS BASTONES BLANCOS

            Los vecinos del barrio no hacían más que murmurar sobre lo ocurrido. Parecía que no tenían otra cosa que hacer. Una serie de desdichados sucesos les sobrevino a las pobres ancianas una fría noche de febrero del 95. Fue uno de los primeros casos que vi, y tuvimos que luchar ni más ni menos que contra el Ayuntamiento de Madrid. Yo por entonces trabajaba de pasante en un despacho de la capital, con veintitrés añitos, antes de ponerme por mi cuenta. Me colocaron con un abogado experto en derecho contencioso administrativo para enseñarme, Marcelino, y yo le ayudé en lo que pude.

            Se trataba de un caso en el que dos ancianas aparecieron muertas en el metro: una en un vagón, y la otra en las vías al lado del mismo. Metro de Madrid decía que fue un caso fortuito ya que las señoras cogieron por error un tren de metro que estaba averiado y se dirigía a las cocheras, habiéndose anunciado por megafonía. Pero las familias querían demandar al Metro por negligencia. Luchar contra la administración es como ir contra un tren en marcha, hay que recabar muchas pruebas para ir contra ella porque si no estás jodido. No teníamos nada, sólo dos testigos, de los cuales uno era el conductor del tren que paró en esa estación, no sabemos muy bien por qué, pero que seguramente estaría aleccionado por el abogado del Ayuntamiento. Lo único que podríamos sacarle sería la razón de por qué paró y abrió las puertas de los vagones, permitiendo que las señoras entraran. El otro testigo, seguramente también preparado por el abogado contrario, era el responsable de la megafonía, que diría que efectivamente se avisó a los usuarios por la misma de que ese tren estaba sin servicio. Por aquel entonces, no había cámaras en todas las estaciones, y en la que supuestamente las señoras cogieron el metro, no existían.

            Tema difícil de solucionar, Marcelino sabía que no lo teníamos fácil, pero los familiares querían intentarlo, así que utilizaríamos todas nuestras armas para poder conseguir la máxima indemnización.

            Lo que sí teníamos era el informe médico forense de la causa de la muerte de las señoras. Una de ellas, Inés, de ochenta y dos años, murió de un paro cardíaco en el vagón. Tenía problemas de corazón y se sospechaba que le entró el pánico y le dio el ataque. La otra, Carmela, de ochenta y seis, murió por de golpe en la cabeza causado por la caída del vagón, no murió en el acto, sino que se arrastró unos diez metros a lo largo de las vías hasta que falleció. Las encontraron al día siguiente unos operarios del metro que se disponían a reparar la avería del tren.

            En derecho contencioso administrativo, si vas contra una institución del Estado, Comunidad Autónoma o Ayuntamiento, tienes que agotar la vía administrativa previa, que consiste, para que me entendáis, en pedir o solicitar directamente al Ayuntamiento de Madrid en este caso la indemnización que se estime conveniente por falta de actuación o negligencia del mismo, alegando todas las circunstancias en las que ocurrieron los hechos y aportar todas las pruebas de que se dispongan. Si en seis meses no contestan, podemos interponer demanda ante el juzgado contencioso administrativo correspondiente, o en caso de que contesten pero no estemos de acuerdo en lo que nos ofrecen. En este caso nos ofrecían una cantidad irrisoria, por lo que interpusimos la demanda aportando las pruebas y pidiendo la declaración de los testigos, y pedir al juzgado que se oficiara a Metro para ver si la megafonía se había grabado de alguna manera el día y la hora de los hechos. Es más complicado pero lo he resumido mucho.

            Una vez presentada la demanda, y solicitada vista oral, nos citaron para la misma a los cinco meses. Acudimos al juzgado el día del juicio y allí estaban el representante de Metro de Madrid por parte del ayuntamiento, el abogado de éste y los testigos: el conductor del tren y el responsable de megafonía en aquel momento. Nosotros íbamos con los familiares de las señoras. En esto que se nos acerca el letrado contrario, nos saluda y se aparta con Marcelino. Estuvieron hablando un buen rato hasta que se acercó a los familiares y les trasladó la propuesta:

            – El abogado del ayuntamiento me ha propuesto subir un veinte por ciento la indemnización ya propuesta. Dice que ellos ven concurrencia de culpas, ya que las señoras no hicieron caso de la megafonía, por lo que sería su última oferta para no entrar a juicio. Ustedes me dirán.

            Uno de los hijos de Inés contestó entonces a Marcelino:

            – Mire, mi madre era muy miedosa, y llevaba las leyes a rajatabla. Hacía caso de absolutamente todas las indicaciones que dan en todos los sitios, y tenía buen oído, quizá por la ceguera que padecía, así que no creo que no escuchara la megafonía. Yo creo que mienten en cuanto a eso, o no funcionaba o no lo anunciaron, así que no queremos lo que nos ofrecen. Sabemos que es difícil, pero aunque perdamos, queremos intentarlo, más por la memoria de nuestras madres, el dinero no nos importa.

            Así se lo trasladó Marcelino a la otra parte y quedamos pendientes de que nos llamara el oficial para entrar a juicio, estando ya con las togas puestas. Mientras duraba la espera, observé a un señor de mediana edad, medio escondido tras una columna, mirándonos con insistencia, nervioso.

            – ¿Has visto a ese hombre, Marcelino? – le pregunté a mi compañero.

            – Sí, lo veo. Intuyo que algo nos quiere decir. Voy a acercarme a ver qué quiere – contestó.

            Mi compañero se levantó y se dirigió al hombre. Habló unas palabras con él y se alejaron más hasta perderles de vista. A los diez minutos, Marcelino volvió sonriente y simplemente me dijo bajito:

            – Ya son nuestros, espera y verás.

            Esperamos otros veinte minutos (siempre hay que esperar) y nos llamaron a todos para entrar a juicio, menos a los testigos. Nos sentamos en nuestros sitios respectivos y comenzamos. El juez nos preguntó si había alguna cuestión previa y mi compañero alegó que teníamos un nuevo testigo del que conocimos su existencia hacía veinte minutos. Dieron turno de alegaciones a la parte contraria, la cual alegó que era un testigo que había que haber aportado en una fase anterior, lo cual el juez desestimó ya que era una prueba de nuevo conocimiento, por lo que lo aceptó. Al letrado contrario se le veía nervioso, no era para menos.

            El juicio transcurrió con la normalidad esperada. Cuando entró el primer testigo, el conductor del tren, dijo que paró en aquella estación para comprobar otra vez la avería, creyendo que estaba vacía dicha estación debido a las horas tardías. La avería consistía en que algunas de las puertas no se abrían bien, con el consiguiente peligro para los pasajeros, y cuando las abrió, no se percató de que las señoras entraran en el vagón. Afirmó que la megafonía funcionó perfectamente ya que se escuchaba dentro de los vagones.

            El otro testigo, el responsable de la megafonía en aquel momento, no dijo nada que no esperáramos. Explicó que funcionó perfectamente, y precisamente fue él el que anunció dicho comunicado de que el tren estaba fuera de servicio por avería.

            Entonces llamaron al nuevo testigo. Era un hombre corpulento, por no decir con sobrepeso, con poco pelo y gafas de culo de botella. Le hicieron sentar frente al micrófono y el juez comenzó a hacerle preguntas. Explicó que él es uno de los jefes de sector y conocía de la avería del tren de metro. Quedó con el conductor en la estación para revisarlo y decidir él como superior que fuera a las cocheras para su arreglo. Estaba esperando en la estación, en la cabecera. Comentó que la estación estaba vacía ya que era muy tarde y a esas horas no solía haber mucho tránsito de viajeros. Sí se percató de que había dos personas al final de la estación, pero no las distinguió. Cuando llegó el tren averiado, comprobaron las puertas y efectivamente vieron que algunas no funcionaban, ordenando al conductor que lo llevara a reparación. Y ya se olvidó de las personas que allí había, sin darse cuenta ni él ni el conductor de que subieron a uno de los vagones.

            A la pregunta de si anunciaron por megafonía la situación de avería de dicho tren, él declaró:

            – No, la megafonía estaba averiada. Sólo se oía el timbre de la misma, pero no la voz de la persona que hablaba. Yo di parte de ello por escrito a mantenimiento una hora antes, y hablé con ellos, confirmándome que lo mirarían, pero al escucharla en ese momento, comprobé que todavía no lo habían arreglado.

            Mi compañero le preguntó que por qué no había declarado antes, a lo que el señor contestó:

            – Mi jefe me llamó cuando les demandaron, y me pidió explicaciones de lo que pasó, ya que el conductor del tren, previamente habló con él y le contó que yo estaba en la estación. Yo le expliqué que sí, que efectivamente yo estaba allí y que la megafonía no funcionó, y me “invitó” a que no dijera nada ni me presentara en ningún sitio. Así lo hice, hasta que los remordimientos me obligaron a actuar, mi mujer me convenció de que declarara la verdad, no podía vivir con esta carga. No sé las represalias que tendré por parte de la empresa, pero he preferido venir a aclarar todo.

            Cuando el señor salió de la sala, continuó el juicio y sabíamos que habíamos derrotado a la parte contraria, y ellos también lo sabían. El juicio acabó con nuestras alegaciones finales y quedó visto para sentencia. Cuando salimos, se nos acercó el abogado contrario y nos dio la enhorabuena, como buen contrincante, a sabiendas de que la indemnización iba a ser suculenta, y así fue, a los quince días nos notificaron la sentencia en la que se nos concedía todo lo que pedíamos. Se lo trasladamos a nuestros clientes y quedaron satisfechos. En Metro de Madrid hubo cambios: destituyeron al director y a las personas responsables cuando ocurrió aquel suceso, y por fortuna, no hubo represalias contra los testigos que declararon en el juicio. El conductor y el responsable de megafonía fueron “guiados” para que declararan bajo amenaza de que les despidieran, y así lo entendió el nuevo director de Metro, por lo que mantuvieron sus puestos, así como el jefe de sector que dijo la verdad.

            Inés y Carmela pasaron una tarde estupenda en el centro. Eran vecinas y amigas de toda la vida. Cuando sus hijos se casaron y sus maridos desgraciadamente murieron, quedaron solas, y únicamente se tenían la una a la otra. A pesar de que sus hijos estaban pendientes de ellas, lo malo es que la mayoría se fueron a vivir lejos, y no podían atenderlas como ellos querían, pero quedaban para comer de vez en cuando, o en vacaciones. Una hija de Inés era la única que iba todos los días a ver a su madre, ya que la mujer estaba medio ciega por la diabetes, pero se apañaba bien, no quería irse a vivir con su hija a pesar de la insistencia de ésta, mientras pudiera, prefería estar en su casa.

            De vez en cuando, un par de veces al año, iban al centro a pasar la tarde. Entraban en El Corte Inglés, se tomaban sus tortitas con su descafeinado para merendar y daban una vuelta por allí. Lo tenían por costumbre desde hacía años. Ese día hacía mucho frío, por lo que caminaron poco y entraron a tomar otro café en una cafetería cercana, y allí se les pasó el tiempo, tanto que se les hizo las tantas charlando y riendo. Viendo la hora que era, cerca de las once de la noche, se dirigieron a la boca de metro más cercana agarradas del brazo. Iban lentas, Inés no veía mucho y necesitaba un bastón blanco de esos que utilizan los ciegos, y Carmela iba muy despacio a causa de su sobrepeso y problemas de circulación en las piernas. Compró hacía tiempo un bastón también de color blanco pero más robusto para hacer juego con el de su amiga. Ya eran cerca de las doce de la noche. Un día de diario y tan frío era la causa de que no hubiera prácticamente nadie en la calle. Cuando llegaron a la boca de metro, bajaron muy lentamente los escalones agarradas a la barandilla, por miedo a caerse (ya ocurrió en alguna ocasión). Llegaron a la estación y cogieron el primer metro que pasó. Tras cinco estaciones, las señoras se apearon y se dirigieron a otra estación para hacer el trasbordo que las conduciría a su casa. Cuando llegaron a dicha estación, acababa de salir el último metro, no lo cogieron por segundos. Se sentaron tranquilamente en el banco a esperar el siguiente. Pasaban más o menos cada quince minutos a esas horas y estuvieron charlando distendidamente hasta que llegara. A los cinco minutos se oyó el ding, dong, ding de la megafonía.

            – Calla, Carmela, que van a anunciar algo – le espetó Inés a su amiga.

            Las dos callaron pero no escucharon nada más. Estaban solas en la estación y no podían preguntar a nadie si habían dicho algo por los altavoces. Al minuto oyeron cómo se acercaba un tren por el túnel.

            – Mira qué bien, ya llega el metro – comentó Carmela. – ¡Qué tarde es!, vamos a llegar tardísimo a casa.

            – Parece que tienes algo que hacer – rió Inés.- Mañana dormimos hasta más tarde y ya está.

            – Sí, eso voy a hacer, voy a dormir como una marmota, tengo las piernas que ni las siento. En cuanto llegue me tomo las pastillas y a la cama.

            – Yo igual.

            El tren paró en la estación, se abrieron las puertas y las mujeres entraron en el último vagón. Se cerraron las puertas y se sentaron. Estaba vacío, les pareció extraño pero lo achacaron a que era muy tarde y era la primera vez que estaban fuera a esas horas, por lo que no lo dieron importancia. Se cerraron las puertas y el tren se introdujo en el túnel.

            – Inés, que el tren está a oscuras, no nos hemos dado cuenta en la estación, pero cuando hemos entrado en el túnel no se ve nada.

            – Pues no sé, a veces se apagan las luces un momentito, ya se encenderán.

            Pero las señoras observaron que las luces no se encendían. Llegaron a la siguiente estación y el tren no paró.

            – ¡Huy!¡Que no paramos, Inés!¡Aquí pasa algo!

            – Pues sí, no sé, a ver dónde terminamos.

            Pasaron quince estaciones sin parar, encontrándose en un estado de nerviosismo creciente. De repente el tren fue desacelerando y estuvo unos cinco minutos circulando a una velocidad muy baja. Todo estaba oscuro y las mujeres no podían distinguir dónde estaban. Llegaron a una nave muy grande donde las luces eran muy tenues, pero Carmela podía distinguir otros trenes allí estacionados. Pararon y allí se quedaron, en penumbra.

           – ¿Dónde estamos, Carmela?

        – No sé. Debemos estar en las cocheras, en el final del Metro. Algo ha pasado. Se ve todo muy oscuro. Fuera se puede distinguir algo, pero aquí dentro no se ve casi nada.

            – Tendrán que abrir las puertas, digo yo.

            Las mujeres estuvieron esperando otros diez minutos y dedujeron que allí no había nadie. Carmela como pudo tiró de la palanca de emergencia pero no funcionaba. Intentó abrir la puerta pero sin fortuna. Comenzaron a pedir ayuda aporreando las puertas, gritando todo lo que podían, pero sin que nadie las oyera.

            De repente, Inés se llevó la mano al pecho, y se quedó muda. Carmela la acomodó como pudo en uno de los asientos.

            – ¡¿Qué te pasa, Inés?! – gritó histérica Carmela.

            Inés le indicó como pudo que sacara las pastillas de su bolso. Carmela buscó pero no encontró nada, poniéndose cada vez más nerviosa. No daba pie con bola. Se le cayó el bolso y lo buscó a tientas en el suelo sin resultado.

            Se acercó de nuevo a Inés, la cual ya no se movía.

            – ¡Inés, Inés!¡Qué te pasa!¡Dime algo!¡Socorroooo! – gritó Carmela, pero sin que nadie la oyera.

            – ¡No me hagas esto, por favor!¡No me dejes sola!¡Inés!- continuó Carmela, zarandeando a su amiga que yacía tumbada en los fríos asientos del vagón. Cuando vio que nada podía hacer, la abrazó llorando.

            – ¡No puede ser, no me dejes sola, por favor!¡Ay, ay, Inés, pobrecita, Inés, no puede ser, no puede ser! – repetía llorando Carmela una y otra vez. De repente, se levantó como pudo y siguió buscando el bolso de Inés. Por fin lo encontró, cogió el pastillero, y le metió una pastilla en la boca a su amiga, pero no reaccionó, ya era tarde. Carmela lloró desconsoladamente, se dirigió a las puertas y logró abrir una como pudo. Pero allí no había andén, por lo que el vagón estaba a medio metro del suelo. Carmela intentó bajar con tan mala fortuna que ella pensó que no estaba tan alto y cayó golpeándose la cabeza contra las vías. No desfalleció, pero no podía levantarse. Se arrastró como pudo hasta que perdió el conocimiento a causa de la grave herida que se produjo en el cráneo. Y allí quedó, exánime en las vías del metro. Al día siguiente los operarios del metro las encontraron sin vida.

            A raíz de esto sucesos tan trágicos, Metro puso más medios para que las personas mayores, discapacitados y gente con problemas pudieran acceder más fácilmente a sus estaciones, como ascensores y más escaleras mecánicas, así como cámaras de seguridad en todas las estaciones, más presencia de guardias de seguridad y personal para atender a los usuarios.

            Hasta que no ocurre una desgracia, no se toman cartas sobre el asunto. Lo único que querían estas señoras era volver a su casa tras una agradable tarde, pero nunca volvieron, por negligencia o por una trágica casualidad, quién sabe. Lo grave es la mentira posterior, la frialdad con que el personal de la Administración, a sabiendas de la realidad de los hechos, intentó tergiversarlos sin ningún pudor. En mi mente de joven abogado no cabía que esto pudiera ser así. Yo creía que la Administración tenía la obligación de velar por sus ciudadanos, estar a su servicio, pero a medida que vas madurando, te das cuenta de que hay muchos intereses, y éstos son lo que priman. Ésta es mi humilde opinión.

 

 

 

 

“La larga noche de los bastones blancos”: Película producida por Apollo Films.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



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