¿Quién puede matar a un niño? (I)

Porque tú eres un cielo,
porque eres un cielo lleno de estrellas,
voy a darte mi corazón.

Porque tú eres un cielo,
porque eres un cielo lleno de estrellas,
porque iluminas el camino.

No me importa,
sigue adelante y hazme pedazos,
no me importa si lo haces,
porque en un cielo,
porque en un cielo lleno de estrellas,
creo que te vi.

Porque tú eres un cielo,
porque eres un cielo lleno de estrellas,
quiero morir en tus brazos.
Porque te iluminas más, cuanto más oscuro se pone,
voy a darte mi corazón.

No me importa,
sigue adelante y hazme pedazos,
no me importa si lo haces,
porque en un cielo,
porque en un cielo lleno de estrellas,
creo que te veo, creo que te veo.

Porque tú eres un cielo,
porque eres un cielo lleno de estrellas,
una visión celestial,
eres una visión celestial.

A sky full of stars, Coldplay.

 

El primer día de colegio siempre es un día de toma de contacto. Las clases vacías se tornan llenas con los pequeños estudiantes que acuden en tropel a conocer a los nuevos profesores. Pupitres, pizarras, tizas, mapas, pasillos, aulas enteras se impregnan de esa inocencia y alegría que se echa de menos en época estival. Incluso la bedel de secretaría transforma su cara agria en un rictus menos serio al contagiarse de la chavalería. Los chicos están deseando conocer a sus nuevos mentores y estos a sus nuevos discípulos. Qué bonito, qué bucólico, qué idílico, qué puta mierda.

Señorita Casilda, tutora de 1º de la E.S.O., corrigiendo en casa las redacciones típicas del primer día de clase, le sirve para evaluar el nivel en ortografía y gramática de su alumnado. Tema: las vacaciones del verano.

Alicia Rodríguez Cuesta

Este verano me lo e pasado muy bien. E ido a la playa y me e bañado mucho. Un día me picó una medusa y me tuvieron que poner ielo, pero se me pasó enseguida… «Ay, las haches»

Ignacio Córdoba Martín

Este berano me he quedado en madrid, no he ido de bacaciones porque mis padres trabajaban, pero hemos salido los fines de semana a la sierra… «A éste hay que meterle caña con la b y la v, y las mayúsculas»

Martina Peláez Marcos

Me he ido de vacaciones a Roma con mis padres y mi hermano mayor. Me ha gustado un montón pero hacía mucho calor… «Mira, esta no tiene faltas de ortografía, muy bien»

Jerónimo Jurado Pérez

Estas vacaciones he ido al pueblo, y he matado a un niño… « ¡Dios mío!»

Ese día me tocaba guardia de imputados en Madrid capital. Me avisaron para asistir a un hombre en la comisaría de Tetuán que estaba detenido por un presunto homicidio. Estos temas me resultan incómodos, pero a la vez me ponen a prueba, y las pruebas están para superarlas, así que esnifé mi dosis de rapé, salí del despacho y me dirigí a comisaría. Aparqué el coche no sin pelearlo, ya que, en teoría los letrados teníamos cierto privilegio a la hora de estacionar en el aparcamiento destinado a los coches patrulla, pero a veces te encuentras con el policía primerizo de la puerta que se empeña en negarte el ejercer ese derecho adquirido, pero en fin, casi siempre claudicaban. Otras veces no, y no te queda más remedio que dar vueltas para poder aparcar. Menos mal que yo puedo estacionar en zona de minusválidos y siempre tengo más ventaja que otros compañeros. A lo que iba, una vez entré en comisaría, me presenté y me hicieron pasar a la sala de espera, donde se encontraba una señora de mediana edad muy bien puesta esperando a poner una denuncia, eso me explicó, y una vez que hubo terminado su historia me preguntó por qué estaba allí. Si le hubiera dicho que soy abogado me hubiese acribillado a preguntas, así que decidí decirle que yo también acudí a poner una denuncia.

— ¿Letrado?, sígame, por favor.

Me levanté a la llamada del agente que vino a buscarme y me despedí de la señora. Me miró circunspecta y se despidió sin muchas ganas. Subimos a la primera planta y me hicieron pasar por una puerta donde se encontraba un cartel que ponía Grupo de homicidios. Pasé a una sala empapelada de expedientes y pequeños huecos en las paredes tapados con dibujos infantiles recreando a la policía, calendarios oficiales y fotos de paisajes paradisíacos, con varios puestos. Se encontraban allí dos agentes trabajando que me dieron los buenos días. Me hicieron sentar en una silla y esperé mientras sacaba la documentación que debía firmarme el cliente. No pasaron ni cinco minutos cuando apareció otro policía de paisano, joven, que me saludó y comenzó a explicarme:

—Es un tema delicado, letrado. Se trata del homicidio de un menor, pero es un caso con muchos matices. Si quiere le dejo el expediente primero para que le eche un vistazo y hablamos cuando termine, antes de que tomemos declaración a Gerardo. Le adelanto que es un pobre hombre al que le han quitado lo que más quería. Yo en su lugar no sé lo que hubiera hecho.

Se notaba que este caso había hecho mella en el agente, supuse que tenía hijos al confirmar lo que había ocurrido al leer el atestado. Me dejó a solas un momento y leí el expediente. A grandes rasgos se trataba del homicidio de un chico de doce años a manos de Gerardo Gómez, mi cliente. El niño se llamaba Jerónimo Jurado. Según la investigación, varios testigos vieron cómo mi cliente metía a la fuerza en una furgoneta negra a Jerónimo cuando salía del colegio. Llamaron a la policía y buscaron aquel vehículo gracias a la matrícula facilitada por los atestiguantes. Al día siguiente unos buscadores de níscalos llamaron a la policía para decir que habían encontrado a un chico sin vida en un valle de la sierra madrileña. Localizaron la furgoneta y detuvieron a su dueño, Gerardo Gómez. El niño había muerto por anoxia, con una bolsa de plástico que mantenía en la cabeza cuando le encontraron. Tenía huellas de Gerardo por todas partes, huellas que le inculpaban sin remedio. El informe de la autopsia era demoledor, ese niño murió en pocos segundos y fue abandonado a la intemperie. Tenía marcas en el cuello con las huellas de mi cliente, señal de que intentó estrangularlo con sus propias manos, algo que me rechinaba. Las fotos del niño muerto hechas por la policía científica también formaban parte del expediente. El niño parecía un adolescente, despanzurrado al lado de un camino de tierra en mitad de la nada, con la bolsa de supermercado en la cabeza. Apunté el nombre de dicho supermercado porque no lo conocía, me llamaba la atención. Los investigadores tenían claro dadas las pruebas de que mi cliente era culpable, máxime existiendo unos antecedentes que no dejaban lugar a dudas. Cuando regresó el policía le pregunté sobre el asunto, que me explicase qué sabía. Me comentó que el asunto era espinoso, que era la crónica de una muerte anunciada, y que Gerardo no quería hablar.

—Es compañero suyo, es letrado como usted— añadió el agente como si nada. Me sorprendió, la verdad, y no entendía por qué solicitó un abogado de oficio, suponía que tendría compañeros suyos que podían llevar el caso.

—Puede hablar primero con él, antes de pasar la declaración— continuó el policía—. Les dejo a solas en una sala que hay en calabozos y me avisan cuando terminen.

Bajé a calabozos y pasé a una estancia donde se encontraba una mesa con dos sillas a cada lado enfrentadas. Me senté en una y al poco llegó el agente con Gerardo. Era un hombre más joven que yo, alto, delgado, apuesto, sin pinta de asesino, pero las circunstancias a veces hacen a los hombres bestias. Su expresión era triste, apática. Se sentó frente a mí con la cabeza gacha. Me presenté y él me saludó sin ganas.

— ¿Le han dejado ver el expediente, letrado?— me preguntó con tono melancólico.

—Parte, lo esencial. Mañana en el juzgado veré el resto, supongo.

—Pues créaselo, todo es cierto. Todo menos el final.

— ¿A qué se refiere?— pregunté extrañado.

Gerardo se acomodó en su silla y me contestó sin ganas:

—Que yo no le maté. Ejecuté el plan previsto, pero en el momento crítico, cuando tenía su garganta entre mis manos, me arrepentí y lo solté. Lo dejé abandonado en ese valle, pero vivo. Supuse que alguien lo encontraría, y sabía las repercusiones que tendría, pero yo no le maté.

— ¿Por qué quería acabar con él?

Gerardo se removió, comenzó a llorar como un niño y me contestó entre sollozos:

— ¡Porque mató a mi pequeño!

No pudo seguir, las lágrimas le inundaron el alma, la desesperación obnubiló su mente y un ataque de ansiedad obligó a los agentes a acercarle al hospital. Le vería al día siguiente, suponía, si no se quedaba ingresado. Barruntaba que iba a ser un caso difícil. Necesitaba hablar con alguien cercano a él para que me aclarase algunas dudas. Le pedí al policía si podía facilitarme un número de teléfono de algún familiar. Me dio el teléfono de su hermano y no dudé en llamarlo.

Era temprano todavía, las doce del mediodía era un buen momento para tomar un café antes de entrar en el hospital, así que quedé con Alonso Gómez en una cafetería cercana al mismo. Tras los respectivos saludos y presentaciones, nos sentamos, pedimos unos cafés y le puse al día sobre su hermano mayor. Alonso era un chico joven, se parecía mucho a Gerardo.

—Gracias por avisarme, Juan Antonio. Mi hermano ha perdido la cabeza, y no me extraña. Parece mentira que cambie tan radicalmente la vida de una familia. Yo, incluso, no puedo creer que no vaya a volver a ver a mi sobrino, nuestro Santi.

—Explíqueme, por favor —le interrumpí—. Su hermano me comentó ayer que el niño que supuestamente ha asesinado mató a su hijo, pero no me ha dicho más. Al recordarlo sufrió un ataque de ansiedad y le han llevado al hospital.

Alonso removió su café despacio, pensativo, mirando a través de la gran cristalera que daba a la calle.

—Sí, acabo de venir de allí. Parece más calmado, nos han dejado estar un rato a solas en la habitación. La verdad es que apenas he tenido contacto con él en todo este tiempo, solo por teléfono. Todo ocurrió el verano pasado. Yo tuve que venirme corriendo de Galicia, donde estaba pasando las vacaciones con mi novia. Una tragedia, qué le voy a contar— me dijo con lágrimas en los ojos. —Santi quería pasar las vacaciones en el pueblo, un pequeño municipio de Guadalajara, muy pintoresco; le encantaba, así que este verano decidieron adecentar la casa que tenían allí, cambiar las vacaciones habituales de Gandía y pasar un mes entero en el pueblo. Acostumbrado a los límites de la ciudad, allí un niño de ocho años es libre. Le encantaba abrir la puerta y salir en pijama a la calle, coger la bici y pasearse por el pequeño pueblo, ir con los amigos a la plaza a jugar al fútbol, en fin, actividades que en Madrid son impensables. Era feliz, muy feliz, no necesitaba más. Sus padres pensaban «para qué gastarse tanto dinero en las vacaciones si con esto le bastaba», y era verdad. Mi novia y yo nos acercábamos algún fin de semana y planeábamos con él alguna excursión y lo pasábamos genial. Mi hermano era feliz al verle tan contento, y jugaba con él, hacían excursiones en bici…; era su «pequeño».

Alonso hizo una pausa y bebió un sorbo de café.

— ¿Tiene usted hijos?— me preguntó.

—No, no tengo. Sobrino sí, y me daría algo si le algo le pasara.

—Entonces supongo que comprenderá lo que le voy a contar.

 

 

¿Quién puede matar a un niño?: Película producida por Penta Films.

 

 



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